¿Qué es el populismo?

José García Domínguez

Tecleo este artículo apresurado sin saber todavía si la hija bienamada de un ladrón y criminal tan convicto como confeso, el exprófugo de la justicia Alberto Fujimori, habrá sido elegida por los ciudadanos del Perú a fin de dar continuidad a la obra inconclusa de su padre. Tecleo, no obstante, con la muy deprimente certeza moral de que la hija predilecta de un notorio ladrón y criminal pudiera contar tranquilamente con el respaldo democrático de la mayoría de los ciudadanos del Perú. Un asunto cuya cabal comprensión requiere, más allá de la preceptiva reflexión misántropa sobre la condición humana, entender qué es y cómo opera en la práctica el populismo latinoamericano, esa lacra secular de la cultura política al sur del Río Grande. Fenómenos como el de los Fujimori, padre e hija, no se pueden comprender sin comprender el populismo. Y el populismo, a su vez, no se entiende sin entender el subdesarrollo económico.

De ahí que no tenga demasiado sentido, más allá del propagandístico, hablar de populismos en Europa Occidental o en Estados Unidos. Y es que el populismo es un fenómeno siempre indisociable de la pobreza. Razón última de que en Norteamérica, genuina madre patria de esa perversión de las democracias que luego se extendería como la peste por todo el sur del continente, tal modo de hacer política acabara desapareciendo a medida que el país se iba haciendo más rico. En el fondo, algo simple: a los menesterosos se les puede comprar con poca cosa, unas cuantas monedas o la promesa de un empleo de bajo nivel relacionado con la administración; los ricos, en cambio, resultan prohibitivos por lo caro de adquirir su fervor. Por lo demás, eso que hemos dado en llamar populismo no es otra cosa que el sinónimo moderno que designa un fenómeno tan antiguo como la vida en sociedad: el clientelismo.

A diferencia de la pura y simple corrupción, en los regímenes clientelares no solo obtiene beneficios personales el político que hurta fondos públicos y después esconde el dinero en una sociedad de Panamá. Bien al contrario, el rasgo definitorio del genuino clientelismo es su dimensión redistributiva. Así, el cliente, en lugar de pagar como su nombre indica, cobra. Cuenta Fukuyama en el imprescindible Orden y decadencia de la política, su último libro, que el partido que gobierna Taiwán desde siempre, el histórico Koumintang, consiguió ganar las elecciones de 1993 solo gracias a que subió a última hora la tarifa por cada voto. Frente a los escasos tres dólares norteamericanos que en aquella época se pagaban en Filipinas por cada papeleta, el Koumintang tiró la casa por la ventana: diez dólares americanos por papeleta. Eso es populismo, populismo del de verdad, en estado químicamente puro. Y eso explica lo inexplicable; Fujimori, sin ir más lejos.

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