Putin y lo peor del comunismo

José García Domínguez

Es sabido que no hay mejor manera de mantener guardado un secreto que publicarlo en las páginas de un libro. Que lo que acaba de hacer Putin, la invasión oficial de la parte del territorio ucraniano que ya había tomado oficiosamente en su día, es la crónica de un asalto anunciado, algo que hasta el conserje del cuartel general de la OTAN tenía que saber desde hace años, lo acredita la plana 234 de uno de los últimos ensayos de Robert Kaplan, La venganza de la geografía, donde al muy premonitorio y lacónico modo se anticipa lo siguiente:

Sin Ucrania, Rusia todavía podría ser un imperio, aunque predominantemente asiático. Sin embargo, si recuperara el dominio de Ucrania, Rusia añadiría 46 millones de personas a su demografía con las miras puestas en Occidente.

El párrafo en cuestión fue llevado a una imprenta de Estados Unidos para su reproducción en enero de 2012, hace, pues, una década. Y es que la geografía, como el tamaño, importa. Y la geografía de Rusia, ya desde la Edad Media, cuando nace el germen cultural de la nación, determina una psicología colectiva profunda marcada por el miedo al invasor y por su aparente opuesto, el afán expansionista. Dos impulsos crónicos alimentados en última instancia por la tan peculiar configuración espacial rusa. Rusia es una pradera enorme, casi infinita a ojos de sus naturales. Es una inmensa pradera convertida en un Estado-nación. Y en una pradera no hay barreras naturales de ningún tipo que puedan frenar las incursiones extranjeras, de ahí el miedo permanente.

Pero tampoco hay límites físicos que dificulten las excursiones colectivas extramuros de las fronteras, de ahí el expansionismo también permanente. Un miedo y un expansionismo que sirven para explicar a lo largo de los siglos las constantes de la política exterior de, primero, la Gran Moscovia, luego el Imperio zarista, más tarde el Imperio soviético y, ahora mismo, la de su sucesor natural, el Imperio postsoviético de Putin.

Nos prometió muy ufano Fukuyama que, tras la caída final del comunismo, esa vieja ramera con las uñas pintadas de sangre, la Historia, se retiraría por fin a vegetar en una residencia de mayores. Mejor hubiera callado. Lo peor del comunismo es lo que viene después, sostenía un chiste célebre en tiempos de Yeltsin. Aunque tal vez no fuese un chiste.

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