Feria de Frankfurt

Purga, escarnio y penitencia de Rosa Regàs

José García Domínguez

A pesar de que el único autor de Frankfurt que le suena es un tal Oscar Mayer, José Montilla ha decidido volcarse –o revolcarse para ser precisos– con la Feria Internacional del Libro que se celebra en esa ciudad; un certamen que en la edición de este año estará dedicado a la literatura catalana. Razones íntimas no le faltan para un empeño tan personal. Y es que a diferencia de lo ocurrido con Pinochet, que juraba haber leído las obras completas de Sócrates, el pensador que más ha marcado la cosmovisión del president es Ortega y Gasset. De ahí que yerre gravemente quien quiera ver en el aire desaborío del de Iznájar la huella de Unamuno y su sentimiento trágico de la vida. Qué va. Nadie se llame a engaño: cuando Montilla pone esa cara como de luto porque se le hubiese muerto el canario, en realidad, anda meditando sobre la muy orteguiana idea de la conllevancia.

Es sabido que lo de Ortega y la conllevancia entre la gente normal y los catalanistas viene a ser como ese cotidiano soportarse con resignación de los matrimonios en los que ya no hay amor, pero sí una hipoteca a tipo variable ligada al Euribor. Lo malo es que Montilla gasta poca capacidad de aguante. Muy poquita. Así, la mera idea de que los escritores cipayos que publican en castellano mancillasen con su presencia el pabellón oficial de Frankfurt lo saca de sus casillas. "Que no, que no y que no", dicen que gritó, henchido de ira, cuando sus propios le sugirieron la posibilidad. Aunque, siendo ecuánimes, es de justicia reconocer que poderosos argumentos le asisten en su furioso apartheid gramático.

Al cabo, si los catalanes llevan treinta años dando la mayoría electoral al partido de Pepe Montilla, José Zaragoza, Celestino Corbacho, Manuela de Madre, Pepe Rubianes y Mohamed Chaib no será para que tolere que Pere Gimferrer, Enric Vila-Matas, Xavier Pericay o Vidal Folch contaminen su identidad con ese idioma tan ajeno como hostil. Por algo la mismísima Enciclopedia Catalana define tal que así la voz charnego: "Persona de lengua castellana residente en Cataluña y no adaptada lingüísticamente a su nuevo país."

Que deje de gimotear, pues, Rosa Regàs tras haber sido excluida de la muestra germánica de nuestras más insignes glorias domésticas ("No he recibido ninguna invitación ni indicación de que vaya a haberla", se quejaba ayer la inadaptada arpía colaboracionista en las páginas de La Vanguardia). Y que purgue sus pecados, como ha ordenado el buen president Montilla. Por ejemplo, izando una escultura ecuestre de San Pompeu Fabra en ese solar que ha dejado libre Menéndez Pelayo. Bueno, de Fabra si sólo busca el aprobado. Porque si va para nota, ya sabe lo que hay: Oscar Mayer.

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