Puigdemont & Cía.

José García Domínguez

Lo raro no es que llegue a presidente alguien carente de estudios reglados más allá del bachillerato, alguien que tampoco posea una fortuna económica fruto de su personal esfuerzo emprendedor; alguien que no haya demostrado ningún talento natural extraordinario en ámbito alguno, ni cualquier otro mérito cívico digno de particular reseña. Lo raro no es que una persona con la trayectoria profesional y vital del señor Puigdemont haya llegado a ser la máxima autoridad del Estado en un territorio de la Península Ibérica. Si bien se mira, lo en verdad extraño es que existan otros lugares en el mundo, Dinamarca pongamos por caso, donde personas como el señor Puigdemont, por lo demás dignas de todo respeto, jamás podrían ocupar las máximas magistraturas del país. Ni en sueños. Desde que cumpliera la mayoría de edad legal y hasta el instante mismo de verse cooptado para dirigir la Generalitat, el señor Puigdemont ha encarnado el paradigma del régimen de patrocinio político que rige en Cataluña (aunque no solo en Cataluña) como forma inconfesada de reparto de los frutos del poder institucional.

Así, todas las fuentes de rentas de que ha disfrutado el señor Puigdemont a lo largo de su existencia, tanto las procedentes de sus muchos cargos de confianza política como las surgidas de sus varias empresas periodísticas auspiciadas con dinero público, todas, han sido fruto de ese peculiar régimen omnipresente en este rincón del Mediterráneo (pero no solo en él). Al cabo, si algo demuestra el caso del señor Puigdemont es que la naturaleza humana resulta ser igual en todos los tiempos y en todos los lugares. El nepotismo y las mil variantes del patrocinio clientelar, el beneficiar desde el poder con sinecuras y privilegios a parientes y amigos es algo que forma parte consustancial de nuestra especie. El gran misterio, decíamos ahí arriba, es que haya sitios donde eso no ocurre, pues nada se corresponde más con nuestro instinto natural que proceder de tal modo. Por eso resulta tan difícil construir un Estado moderno, el que Cataluña, al igual que Italia o Grecia, tampoco tendría aunque se declarase independiente de España. Y es que comportarse de manera diferente, designar para los puestos de máxima responsabilidad y relevancia a las personas más cualificadas, con independencia de su relación de proximidad con el poder, crear un una administración pública impersonal, es algo que va en contra de nuestras inclinaciones biológicas más profundas. Porque extravagante es lo que pasa en Dinamarca. Lo normal es Puigdemont.

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