Viviendas vacías

¡Puercos capitalistas!

José García Domínguez
El peor lastre arcaizante de la sociedad española es el híbrido ideológico entre los estereotipos del viejo tradicionalismo y el tosco marxismo que cultivó una izquierda tan ágrafa como la nuestra. Y sin embargo, de ahí procede la visión de la realidad que comparte la mayoría de los formadores de opinión, desde profesores y periodistas a intelectuales y ministras de la Vivienda. Es esa inercia mental la que los incapacita para comprender la lógica que rige los sistemas autorregulados como, por ejemplo, una economía de mercado. Así, se antoja un lugar común explicar el retraso español en el siglo XIX, recordando que Fernando VII cerraba universidades al tiempo que abría escuelas de tauromaquia. Pero con frecuencia se olvida el coste de las trabas seculares a la difusión del saber económico en nuestro país. Un destrozo que ya iniciara el Gobierno de Azaña al clausurar la única facultad de económicas que existía en tiempos de la República, y que continuó después con la exclusión de esos conocimientos en el Bachillerato. Pues también ahí anida esa triste limitación para comprender la impotencia básica del Poder cuando aspira a dirigir la economía; para entender su única habilidad eficaz: lograr que las cosas no puedan hacerse.
 
Ahora, fiel a esa ignorancia atávica, el PSOE va a condenar como reos de especulación a los poseedores de segundas viviendas. El problema es que tan ruin personaje, el especulador, devendrá aún más difícil de identificar que el soldado desconocido. ¿Deberá esperar un justo castigo quien abandone su hogar para desplazarse por motivos de trabajo a otra ciudad? ¿Especula el emigrante jubilado que confía las llaves de su vivienda a la portera, y marcha a pasar medio año en el pueblo? ¿Prevaricará la portera que no se chive a los círculos zapaterianos de su huida? ¿Maquina para alterar el precio de las cosas el padre que compra un piso a la espera de que lo ocupe su hijo? ¿Tiene derecho alguien a vivir simultáneamente en dos casas de su propiedad, simplemente, porque le da la gana?
 
Por lo demás, no se entiende que Zetapé no haya ordenado ya encarcelar inmediatamente a todos los mayoristas de botijos, los tratantes de mortadelas y los inversores en sellos. Porque todos ellos son especuladores, es decir, personas que adquieren bienes con la esperanza de poder revenderlos a un precio más alto con posterioridad. Arbitraje se llama esa figura tan antigua como el mundo. Y es que resulta escandaloso que los jóvenes logren acceder a botijos y mortadelas razonablemente baratos, mas no a un piso. Nómbrese, pues, a Pepiño Blanco Comisario del Pueblo de Embutidos y Cerámica Sostenible. Y que, al igual que ocurre con el suelo, sea la soberana voluntad política quien dicte la cantidad de cerdos mortadelizables y de barro botijable. Será la única vía de lograr que sus precios resulten tan prohibitivos como los de la vivienda. Además de la coartada perfecta para encerrar, al fin, a todos esos puercos capitalistas en el trullo.
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