¿Puede haber vida a la derecha del PP?

José García Domínguez

Un partido de probos funcionarios del poder que, de vez en cuando, se pelean entre ellos por lo más sagrado: el orden en el escalafón. He ahí el PP. El resto es épica de quiosco, mala literatura de cordel. Por algo, la última vez que se recuerda a un dirigente de la derecha española enfrascado en algo parecido a una reflexión teórica fue cuando Gonzalo Fernández de la Mora sacó aquello del crepúsculo de las ideologías. La derecha no tiene ideas, sino temarios de oposiciones. Siempre ha sido así y siempre será. En lo de Valladolid, un espectáculo televisivo disfrazado de cónclave doctrinal, ha vuelto a quedar claro. Mucho eslogan de gabinete de comunicación, mucho libro gordo de Petete, algún pellizco de monja, pero ni una sola aportación original, nada distinto a la mera administración gerencial y tecnocrática de la crisis.

La derecha institucional es eso y un viejo vicio vergonzante al que, sin embargo, son incapaces de renunciar: el populismo. Rasgo, el del populismo congénito, en el que, por cierto, tampoco se distingue de sus iguales de la izquierda con mando en plaza. Una de las explicaciones, ésa, a por qué en España, a diferencia de los países de su entorno, no terminan de cuajar las fuerzas antisistema que ha galvanizado la recesión. Aquí, el populismo no puede aspirar al poder porque ya está en el poder. ¿O qué otra cosa más que populismo de la peor estofa era el discurso del PP contra los ajustes del gasto que emprendió el último Zapatero, el por fin adulto? ¿Y qué más que populismo bananero son esas promesas de Rubalcaba, las de que acabará con la austeridad y los recortes de una tacada en caso de recuperar La Moncloa? Por no hablar, en fin, de los cansinos, interminables juegos de manos de Rajoy y los suyos a cuenta de las rebajas fiscales.

Más allá de pescar en el nicho transversal de los indignados, Vox, UPyD y Ciudadanos lo van a tener difícil con el recurso a la demagogia por mucho que se esfuercen en el empeño. En ese terreno moralmente cenagoso, la competencia del Gobierno y su leal oposición se antoja imbatible. Por lo demás, ningún proyecto alternativo al establishment conservador pasará de lo testimonial y anecdótico sin cuestionar el orden europeo de Maastricht. En Francia, en Italia, en Holanda, en los países nórdicos, en todas partes ha sido así. Y aquí no podrá ser de otro modo. Yerran cuantos piensan que la cuestión nacional resultará suficiente por sí sola para abrir una brecha significativa en la base electoral del Partido Popular. No lo será. Por desgracia, pero no lo será. Repárese al respecto en el crecimiento exponencial de Izquierda Unida, la única fuerza que discute el proyecto de la Unión Europea en su actual configuración. Guste o no, ésa es la única posibilidad de que puede existir vida a la derecha del PP. Vida inteligente quiero decir.

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