Cueto y Regàs

Progresía

José García Domínguez

Ahora va a resultar que el palabro "progresía" se lo inventaron al alimón entre Juan Cueto y Rosa Regàs, en el Bocaccio, una noche que los dos iban pasados de copas. Y que, contra lo que suponemos los que aquí intoxicamos, lo parieron para denunciar a los fabricantes de "mitologías que competían con las de la burguesía desde el lado opuesto". Válgame un santo de palo, que diría Valle Inclán. Se pasa uno media vida convencidísimo de que desde "el lado opuesto a la burguesía" sólo se podía competir por un asiento en el metro en hora punta, y resulta que no; que vivía en el error; que desde los pisitos de renta limitada y el bono-bus también cabía competir en la producción industrial de "mitologías alternativas". He ahí dos ejemplos vivos como prueba: Rosa Regàs y Juan Cueto.

El asunto tiene delito, pues en la edad del pavo y alrededores a uno lo fascinaban los progres; sobre todo, porque sabían hablar muy bien. Por ejemplo, oía a Juan Cueto y se quedaba con la boca abierta. Escuchaba aquello de "generar dinámicas", "aliados objetivos", "como muy" o " a nivel de" y se decía para sí: "De mayor, también seré capaz de construir frases tremendas; frases del tipo: a nivel de la superestructura ideológica se generan dinámicas como muy alienantes que convierten a la aristocracia obrera en aliada objetiva de la burguesía". Y es que su gran sueño era ser cooptado por lo que hasta ayer mismo creyó la auténtica y genuina progresía; es decir, la alegre colla de la Regàs y los pijos de Tuset Street.

Vaya, que uno ya consciente de que en los tiempos que llegaban urgía labrarse un pasado, hubo de acabar en la izquierda extrema –no había otra–, aunque lo que le pedía el cuerpo, de verdad, era codearse con la alta progresía. Pues quizás a los más jóvenes lectores de Libertad Digital les sorprenda saberlo, pero lo cierto es que los progres y la izquierda no tenían absolutamente nada que ver entre sí. Para empezar, en la izquierda nadie era capaz de distinguir entre un Chateau Maurac y un Don Simón. Para continuar, hasta el militante más zote sabía que los combatientes de la FAI se hacían llamar "los aguiluchos"; de ahí que no usasen jamás ese término para referirse despectivamente a la extrema derecha. Y para terminar, tampoco nadie mareaba al prójimo con el imperativo categórico de desclasarse: los obreros de cuna nacen exonerados de esa expiación.

Entonces, la izquierda –aún– era una ética, y la progresía –sólo– una estética. Terlenka, Carrusel Deportivo y carajillos de anís frente a sándalo, porritos de maría y torre en el Ampurdán. Dos mundos. Al menos, eso creímos hasta ayer, cuando Cueto nos reveló en El País el gran secreto: la izquierda realmente existente eran ellos, los que se pasaron el franquismo acodados en la barra del Bocaccio. Y si lo hicieron disfrazaron de progres, sólo fue por despistar.

En fin, ya lo decía Pedro Navaja: "La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida".

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