Por qué no somos un país decente

José García Domínguez

Decía Keynes que la mayor dificultad del mundo no está en que las personas acepten las nuevas ideas, sino en hacerles olvidar las viejas. Y decía bien. Así, en esta campaña que viene nos aprestamos a sufrir con tediosa resignación el enésimo recitado de las viejas cataplasmas keynesinas y de las no menos añejas recetas liberales. Lo de siempre. Un cansino déjà vu con trazas de eterno retorno nietzscheano. Unos, los ortodoxos, reiterando el mantra nunca demostrado de que una presión fiscal baja encierra el gran secreto de toda prosperidad colectiva; los otros, predicando a los gentiles la buena nueva de la expansión del gasto público y el sector estatal, una falacia tan carente de soporte empírico como la anterior. Y mientras tanto, el tiempo que sigue pasando.

Y es que a nadie aquí parece que se le haya ocurrido mirar un poco más allá de su común ombligo maniqueo. Un ejercicio en apariencia tan sencillo como el de reparar en qué medidas de política económica comunes practican todos los países, y son unos cuantos, a los que les va mejor en su paso por el Universo que a España. Y que tampoco resultan ser tantas, por cierto. Al cabo, desde Estados Unidos a Noruega, desde Singapur a Canadá y desde Suiza a Alemania, las naciones que se han situado en el terreno de los ganadores en el proceso globalizador participan de una estrategia idéntica, a saber, la adopción de políticas decididas para frenar en seco la proliferación en sus territorios de más puestos de trabajo poco cualificados y, en consecuencia, mal pagados. Es decir, justo lo contrario de cuanto se hace en España.

Todos se esfuerzan por no parecerse a Marruecos. Porque hoy cualquier país puede parecerse a Marruecos, es algo que ya está al alcance del común de los mortales. Miquel Puig, uno de los economistas más brillantes con que cuenta España y que pronto será diputado a Cortes en las listas del partido de Artur Mas, ha estudiado el proceder de esas naciones punteras que huyen del modelo low cost en su último libro. Un buen país, sostiene el autor, nunca puede ser un país low cost. Y por eso España ni lo es, ni va camino de serlo en el futuro.

Por lo demás, tres son los grupos de medidas practicadas por los que, en el resto del mundo, contemplan con horror nuestro modelo. Por un lado, el establecimiento por ley de salarios mínimos que hagan imposible la promoción de esos empleos es la estrategia que siguen en USA muchos estados y comunidades locales. Por otro, la protección a la acción sindical y a los convenios colectivos, práctica por la que se inclinan los socialdemócratas del norte de Europa. Y una tercera, en fin, el establecimiento de límites a la inmigración poco cualificada. El mundo que produce y funciona, el rico, justo y equitativo, está en eso ahora mismo. Y nosotros… en lo de siempre.        

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