Por qué fracasó la inmersión

José García Domínguez

La prueba definitiva de que la inmersión lingüística fracasó en Cataluña reside en que, a día de hoy, el 100% de la población menor de cincuenta años sabe hablar y escribir en catalán con más que razonable corrección. Pero sucede que el objetivo tácito, si bien nunca explicitado en presencia de extraños a la causa nacionalista, de aquella imposición, la ahora proscrita por la Justicia, no era difundir el conocimiento de la lengua vernácula entre nuevos usuarios, sino lograr la progresiva desaparición del castellano tanto de la vida pública como de la privada en el ámbito de la demarcación. Y eso no ocurrió en absoluto.

De hecho, hoy se habla más el castellano en ciudades como Barcelona que hace veinte o treinta años; mucho más. Y no por ningún empecinamiento militante de los castellanohablantes autóctonos, sino por la arribada masiva de inmigrantes de todo el mundo; inmigrantes que se integran, qué le vamos a hacer, en castellano, no en catalán. Mi vecino de la puerta de al lado es esloveno y habla un castellano perfecto. Sus dos hijas, ahora veinteañeras, fueron escolarizadas bajo la inmersión, pero siempre se me dirigen en castellano cuando nos cruzamos en el rellano. Y como mi vecino y sus hijas, la gran mayoría. La inmersión fracasó, primero, por eso, porque nadie, ni ellos ni nosotros, había previsto el cambio demográfico tan profundo asociado a las nuevas migraciones finiseculares.

Flujo que hizo imposible en la práctica el monolingüismo catalán en los colegios, so pena de tener que recurrir al lenguaje de signos con los alumnos extranjeros a fin de entenderse. Pero, sobre todo, fracasó por otro factor que ninguna encuesta pudo identificar, pues hay cosas que la gente no confiesa nunca fuera del ámbito íntimo. Así, igual que yo no supe hasta octubre de 2017 que conocidos míos de toda la vida, algunos compañeros de juegos en la infancia, eran independentistas acérrimos, ellos igual ignoraban el repudio visceral que suscita el catalán entre los que lo tuvieron que hablar a la fuerza. De ahí que tantísimas personas que lo conocen no lo quieran usar salvo cuando resulte inevitable. A los idiomas, como a las personas, hay que quererlos. Y ellos nos enseñaron todo lo contrario. Pero lo están pagando.

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