“Conferencia” de Aiete

Por mediación de ETA

José García Domínguez

Ese homenaje póstumo a Willi Münzenberg, la performance criptoetarra de San Sebastián, tan igual a los grandes congresos internacionales por la paz de cuando Stalin, las mascaradas humanitarias bajo estricto control de la Komintern que patrocinara aquel genio de la propaganda política. Tan igual que en el revival vizcaíno ni siquiera ha faltado lo que en Moscú llamaban –con infinito desprecio– "el club de los inocentes". Los tontos útiles siempre prestos a tragarse el último cuento de hadas redactado entre purga y purga del Comité Central, un clásico de la condición humana a lo que se ve. Y el telón de fondo, ese propósito etarra de legitimar el relato hagiográfico de su propia historia.

Así, tal como ha señalado alguna vez Ruiz Soroa con desolada lucidez, Eta es quien está fijando el discurso sobre el fin de Eta. Eta y solo Eta. Suyo es el lenguaje; suyo el guión; y suya la escenografía. Hablamos de lo que ellos establecen que hablemos. Respondemos raudos a esas notas peregrinas que ocasionalmente dan en garabatear. Corremos a manifestarnos cuando ellos deciden que nos manifestemos. Caemos de bruces en su retórica apelando a vencedores y vencidos, como si aquí hubiera existido conflicto alguno entre contendientes iguales. Consagramos toneladas de papel impreso a refutar "la última confrontación armada de Europa" y gansadas parejas. Esperamos con ansia un comunicado final por el que se nos amnistíe, el que ha de anunciar su disolución de grado; diríase que un sacrificio, muy generosa renuncia merecedora de público agradecimiento.

Ni el propio Münzenberg lo habría hecho mejor. Les hemos otorgando la prerrogativa de escenificar la liturgia de su extinción, de dignificar toda la miseria intelectual y moral que un día los llevó al monte. Como si Otegi, Ternera y el resto hubiesen constituido algo más que exclusiva competencia de la Guardia Civil. A semejanza de los tarados que en su día recalaron en el Grapo, tristes desechos humanos para los que, por cierto, nunca se cedieron coartadas expiatorias. Que Eta, en fin, dispone de apoyo social, objetan al alimón la izquierda abertzale y la izquierda pro abertzale, que tanto monta. Pero también lo tenían, e incluso algo superior parece, los nacionalistas alemanes de los años treinta. ¿Y? ¿Acaso dejaría de celebrarse Núremberg por ello?

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