Por la autodeterminación de Cataluña

José García Domínguez

Parece ser que Peter Pan sigue negándose a crecer. Como no hemos satisfecho su último capricho, regalarle la piruleta que respondía por pacto fiscal, nos amenaza otra vez con fugarse de casa. Así, aferrado a ese universo suyo de juegos y fantasías pueriles, insiste en rehuir la conducta que sería de esperar en un adulto. De ahí que ande anunciando nuevos simulacros teatrales, a sabiendas de que tan vistosas escenificaciones, los referendos domingueros de la Señorita Pepis, no tienen trascendencia alguna en el plano que él más teme, el de la realidad. Y es que lo último que desearía ver materializado Peter Mas, o Artur Pan, que tanto monta, es la efectiva independencia de Cataluña.

Bien al contrario, cuanto persigue ahora con la comedia de la autodeterminación es orillar sus muy personales e intransferibles responsabilidades, las que recaerían sobre cualquier gobernante maduro en el resto del ancho mundo. Sea como fuere, ante el adolescente díscolo, el infante narcisista que se revuelve airado contra toda norma, apenas existe una terapia efectiva: abrirle de par en par las puertas de la calle, enfrentarlo de una vez con el mundo de los mayores. Que el independentismo deje de constituir la eterna estrategia del quinceañero para que papá le devuelva las llaves de la moto llegado el sábado por la noche. Franqueémosle, pues, y sin ningún miedo, el camino de salida. Nunca se atreverá a recorrerlo.

Y, ya puestos, acabemos también con la hiperlegitimación que desde hace décadas se atribuyen esos garibaldis de medio pelo. Apliquemos la sentencia de alguien tan poco sospechoso como Manuel Aragón, el magistrado del Tribunal Constitucional que tumbó con su voto el Estatut: "Un pueblo de hombres libres significa que esos hombres han de ser libres incluso para estar unidos o para dejar de estarlo". No nos duelan prendas en reconocer que el edificio constitucional adolece de un déficit democrático. Es sabido, la eventual separación de un territorio, derecho contemplado en teoría como legítimo, resulta de imposible ejercicio en la práctica. Si el pueblo catalán confirmase en referéndum su voluntad de acogerse a él, hagámoslo efectivo por el único cauce admisible, mediante una reforma de la Carta Magna. Porque sí hay una manera de terminar con el separatismo: convertirlo en factible.

Nota bene: He aquí la pregunta que el Gobierno controlado por los nacionalistas de Quebec formuló a los votantes en el último referéndum independentista, el de 1995: "¿Aceptaría usted que Quebec fuera soberano tras haber ofrecido formalmente a Canadá una nueva asociación económica y política, en el marco del proyecto de ley sobre el futuro de Quebec y el acuerdo del 12 de junio de 1995?". Más clarito, agua. 

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