PP y reforma laboral

Por fin, una a derechas

José García Domínguez

Como en el If de Kipling, diríase que en el PP todavía hay alguien capaz de mantener la cabeza fría y en su sitio cuando todo el mundo parecía haberla perdido a su alrededor. Inopinada prueba de ello ha sido la muy sensata abstención de la derecha durante el trámite de convalidación de la reforma laboral. Un proceder tan propio de adultos serios y responsables que casi ha desconcertado a los observadores habituales, acostumbrados como estamos a los brindis al sol, la demagogia de frasco y el canibalismo retórico, burdos sucedáneos del rigor y la firmeza que aquí tanto gustan a la afición.

Un mérito añadido, ése de por una vez haber sabido renunciar al aplauso fácil de la claque garbancera, que otorga más valor al gesto de los conservadores. Así, tras los escarceos con la sal gorda de los últimos tiempos, al fin, el gran partido de la derecha vuelve a conducirse como lo que siempre fue: una fuerza política de gobierno que antepone el interés general a cualquier otra consideración. Y eso que, a pocas horas de la votación, algún ilustre tribuno marianista aún nos alertaba de que "la reforma no solucionará el problema del paro". Como tampoco resolverá –podría haber añadido– el drama del vertido de petróleo en el Golfo de México, ni el misterio de la transmigración de las almas en el budismo zen.

Tristes limitaciones, esas tres, que, sin embargo, en nada desacreditan la norma. Y es que el fin primero y último de la Ley no reside en generar empleo alguno, sino en remover los obstáculos institucionales que impiden crearlo. No olvidemos que éste es el único lugar del mundo más o menos civilizado donde la macroeconomía se rige por la lógica que codificó Lewis Carroll para el País de las Maravillas. De ahí, estupefaciente, la suprema paradoja hispana, a saber, cuanto más se desmorona el PIB y más crece el paro, más suben los salarios reales. Ergo, a mayor miseria, mejores sueldos. He ahí la gran contribución de nuestro régimen de negociación colectiva a la historia universal de la infamia. Y aunque sólo fuese porque el Decreto abre la espita para acabar de una vez con semejante disparate, procedería no rechazarlo. Bienvenido sea, pues, el sentido común. Y que dure.          

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