Madrid

Pongamos que hablo de Gallardón

José García Domínguez
Si algo hay más arduo que definir el vocablo espiral, es intentar encerrar en palabras el significado de la voz moderno. Así, por ejemplo, uno observa durante una fracción de segundo a Alberto Ruiz Gallardón e infiere al instante que se halla ante el embajador de la más radical modernidad. No obstante, es menester empeñar varias horas de reflexión pausada para identificar el porqué de esa revelación fulminante.
 
Sucede que desde que aquel pobre orate que respondía por Rimbaud lanzara la consigna –“hay que ser absolutamente moderno”–, han sido muchos los llamados, mas pocos los elegidos para coronar esa cumbre moral de la época que nos ha tocado vivir. Y he ahí que, entre esos pocos, ha querido la fortuna que nuestro Alberto fuese el primero. Pionero entre los pioneros, el alcalde se sabe Rey del Espíritu de los Nuevos Tiempos. Pero, entre el ayer que se nos fue y ese mañana al que todavía no hemos arribado, a los excluidos aún se nos revela inaprensible el significado profundo del evangelio apócrifo que anuncian sus bandos.
 
Milan Kundera, otro ignorante de las tablas de la ley de la tierra prometida en la que ya habita el edil, fracasó antes que nosotros en su propia tentativa por explicar de qué estamos hablando cuando hablamos de modernidad, es decir, de Alberto. Rendido, el checo terminó acercándose lo más que pudo a eso inalcanzable a través de la literatura: “La madre Lejeune, en Ferdydurke, exhibe como uno de los signos de la modernidad su actitud desenvuelta para ir al retrete, adonde antes iba a hurtadillas”, escribe a modo de claudicación. Y, sin embargo, ésa es la clave. En efecto, los héroes cómicos de las novelas de Gombrowicz combatían contra sus fantasmas anunciando a los cuatro vientos que les llegaba la hora de refugiarse en el excusado. Bien, pues a Alberto le viene a ocurrir algo parecido, de ahí el encargo del pregón a Joaquín Sabina.
 
Porque como el propio Kundera descubrió, la modernidad es prima hermana del kitsch. Por eso, Gallardón sentía como nadie la llamada del kitsch, la necesidad imperiosa de la actitud kitsch, el anhelo infinito de “mirarse en el espejo del engaño embellecedor y reconocerse en él con emocionada satisfacción”, el imperativo categórico de renacer en un kitschmen. Y lo ha logrado. Porque Alberto, tras veinte años trabajándoselo, al fin se ha labrado un pasado. De ahí que, ahora, ya recuerde que él también corrió delante de los grises, igual que Cebrián, Haro y Martín Villa; ya sepa que luchó contra la libertad y la democracia para Cuba, codo a codo, juntó al propio Joaquín, a Manolo y al de la cara de piedra (¿o era una balsa?), y ya se regodee rememorando sus años de juventud, cuando combatía desde la trinchera del progresismo a los fachas de Alianza Popular. Vaya, que nadie se extrañe, luego, el día municipal de autos, si alguna lagrimita resbala por la mejilla del compañero Alberto al entrar el otro, Joaquín, con Calle Melancolía. Es más, ya estoy viéndolos a los dos, mechero encendido en la diestra, pañuelos remojados en la siniestra, y a voz en grito: “Vivo en el número sieteee...”
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