¿Podría desaparecer el PSOE?

José García Domínguez

Instalada ya la campaña regional madrileña en el definitivo clímax del absurdo psiquiátrico, preciso instante patológico en el que la evolución diaria de las encuestas depende del número de amenazas de muerte que hubieran recibido los distintos candidatos a lo largo de la jornada anterior, el único pronóstico seguro a estas desquiciadas horas apela a que la gran triunfadora en el campo de la izquierda será la señora García, una perfecta desconocida hasta cinco minutos antes de que comenzara el tiroteo dialéctico. Al punto de que la suprema incógnita demoscópica ahora remite a si García conseguirá o no quedar por delante del PSOE. Todo un cataclismo en potencia. Cataclismo, si, porque jamás ha ocurrido que el PSOE pudiera ser superado por otras siglas de su propio ámbito ideológico. Y nada menos que en Madrid. Palabras mayores, pues. Acostumbrados como aquí es norma a los análisis políticos de andar por casa en zapatillas, hemos perdido de vista que los partidos socialistas y socialdemócratas han desaparecido ya en gran parte de Europa, el rincón del planeta donde habían sido hegemónicos y casi invencibles a lo largo de más de medio siglo.

Ocurre que los socialdemócratas solo gobiernan, además de en la Península Ibérica, en Dinamarca, un bonito país de bolsillo, y en Nueva Zelanda, un lugar donde hay seis ovejas por cada persona. Fuera de eso, en ninguna otra parte. Así de crudos los dos escenarios, tanto el madrileño como el planetario, comienza a no sonar tan disparatada la pregunta de si nuestros socialistas domésticos también podrían terminar extinguiéndose a corto plazo. Un interrogante histórico al que yo me atrevería a responder que no, que el PSOE, a diferencia de tantos partidos gemelos, ni va a desaparecer ni tampoco dejará de hegemonizar el espacio electoral de la izquierda en el conjunto de España. No nos fijemos en Madrid. Madrid, por suerte para los madrileños, se parece cada vez menos a España y cada vez más, en cambio, a las muy exclusivas regiones de Europa que juegan en la primera división de la nueva economía global. En Extremadura, Andalucía, Cataluña o Aragón, pongamos por caso, la señora García no tendría nada que rascar. En esos territorios, el clivaje político tradicional permanece inalterado. Todo quedará en un fenómeno capitalino. Y si no, al tiempo.

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