Podemos no es socialdemócrata

José García Domínguez

Prueba de la definitiva indigencia intelectual que retrata al periodismo español, la muerte en Sevilla del politólogo porteño Ernesto Laclau, genuino mentor ideológico y estratégico de Podemos, ha pasado inadvertida en la prensa mientras legiones de tertulianos seguían berreando a capela el manido sambenito chavista contra los de Iglesias y Monedero. Apenas una única nota necrológica, la firmada por Iñigo Errejón en Público, alguien por cierto con una capacidad analítica que deja en penosa evidencia a sus ágrafos pares de PP y PSOE. Únicamente lo de Errejón. Nadie más ha considerado oportuno perder cinco minutos de su precioso tiempo leyendo al artífice en la sombra del fenómeno político más importante que se ha dado en nuestro país en el último medio siglo.

"El peronismo me ha hecho entender a Gramsci", escribió alguna vez Laclau. A mí, en cambio, me ha hecho entender a Pablo Iglesias. Y es que rige un malentendido semántico de fondo, el que remite al significado de la voz populismo, que vicia de raíz todos los análisis que han surgido a propósito del fenómeno Podemos. Porque el populismo, contra la interpretación aquí dominante, no es un lenguaje, una estrategia retórica ingeniada para embaucar a las audiencias más o menos ignaras de esos espectáculos circenses en que ha degenerado el tratamiento de lo político en los grandes medios audiovisuales de comunicación. Bien al contrario, en la teorización de Laclau lo populista no remite solo a un estilo, a la mera traslación al ámbito del combate político de las simplezas demagógicas, el ademán chulesco y la prosa maniquea tan característicos del periodismo de trinchera. Con alguna brillantez formal, Errejón lo explica así:

De acuerdo con este enfoque, la política no sería similar ni al boxeo (mero choque o gestión entre actores ya existentes) ni siquiera al ajedrez (alianzas, movimientos y tácticas con piezas ya dadas) sino a una continua guerra de posiciones (…) por construir los bandos (las identidades), los términos, y el terreno mismo de la disputa.

Populismo, a ojos de los populistas, es bastante más que un sinónimo de charlatanería barata y efectista. Consiste, en términos gramscianos, en alcanzar la hegemonía por la vía de lograr que un proyecto partidista sea percibido como encarnación del interés general. Algo que entre nosotros solo consiguiera Jordi Pujol en su día tras fusionar y confundir su propia persona con la idea misma de Cataluña. El padre del invento, recuérdese, no era de derechas ni de izquierdas: Perón era Argentina. A su imagen y semejanza, Podemos quiere ser España. Por eso dicotomiza el discurso hasta extremos pueriles entre un "nosotros",el pueblo, los buenos, y un "ellos", la casta parasitaria, los malos. Nada más ajeno a los postulados doctrinales de la socialdemocracia. Nada. Pero nada.    

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