Alan García

Pobre Perú

José García Domínguez

Hay quien barrunta que el Perú se jodió el día que los Vargas Llosa firmaron su primera nómina en PRISA. Pero, quién sabe, igual la cosa ya venía de más atrás; incluso de antes de que Alan García Primero les pusiera la inflación en un siete mil por cien, y subiendo. En eso anda cavilando uno, mientras admira esa sonrisa inmaculada que le regala Alan García Segundo desde las portadas de todos los periódicos. Aunque, contemplándola, no puede dejar de recordar cómo ese tipo de sonrisa consigue destrozar los destinos de la gente. Esa, en concreto: la eterna sonrisa de usar y tirar que sirve para que los populistas se eternicen en el poder a costa de castrar las economías de sus países.

Esa sonrisa que compra las mayorías electorales a base de transferir ingresos del conjunto de la población a sus cuerdas de votantes; cuando cada una de esas papeletas habrá de pagarse subiendo un impuesto, en una escalada que sólo termina cuando el nivel de actividad económica cae en el mismo foso al que ella empuja a todos los incentivos para trabajar y crear riqueza. Y es que son idénticas, siempre: sonrisas nerviosas, que tienen prisa, que no creen en el largo plazo, que contagian su nihilismo a cualquiera que sepa desnudarlas. Como la de Alan García Segundo, hoy, en las portadas de todos esos periódicos. Porque la suya es la misma vieja mueca grotesca que lleva medio siglo enterrando en el Tercer Mundo a América Latina.

Luego, tras perder de vista la obscena dentadura de Alan, el uno de antes piensa en Hernando de Soto, el mejor economista de Perú y de la América española. Piensa en cómo analiza ese panorama económico que no se deja encasillar por los clichés teóricos empaquetados en las factorías ideológicas de Occidente. En cómo describe ese hervidero humano de empresarios –no es otra cosa quien regenta un tenderete ambulante– explotados. En cómo ilumina un mundo en el que el capital, lejos de ser escaso, sobra, pero está desposeído de su capacidad para crear prosperidad. En cómo se puede comprender una economía en la que el problema de la propiedad no es el de su reparto, sino el de su inexistencia.

Perú: el ochenta y uno por ciento de las viviendas en situación de posesión informal, alegal. Un capital inmenso, descomunal y absolutamente estéril, muerto, inútil para generar riqueza. Un patrimonio exorbitante que no sirve para garantizar un solo crédito, ni para establecer una sola hipoteca inmobiliaria, ni para facilitar un único contrato de seguro, que no sirve para nada. Y también una revolución posible con sólo lápiz, papel y la firma de un notario. En eso entretiene uno, a la espera de que, mañana, Boris y Gemma Nierga nos expliquen a Álvaro y a la audiencia cómo funciona todo ese asunto del imperialismo yanki.
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