Pese a todo, somos una nación

José García Domínguez

Las honras fúnebres del presidente Suárez acaban de provocar algo aquí del todo extraordinario: la normalidad. Es sabido, el inventario iconógráfico y sentimental de la nación –símbolos, himno, bandera, héroes y mártires, relato histórico compartido–, ese necesario soporte de la trama de lealtades comunes que se da en los países con una identidad consolidada, en España supone objeto permanente de disputas y desencuentros. He ahí la más visible anomalía hispana: la definitiva ausencia del mínimo común denominador que permita dar forma a una memoria nacional compartida. Los españoles carecemos de un repertorio simbólico que trascienda las divisiones partidistas, el espíritu cainita que enfangó las dos últimas centurias. Por no tener, ni siquiera disponemos de una letra para el himno.

Ocurre que la España moderna, construcción intelectual de continuo en precario, es el fruto de la confluencia de dos miserias. Por un lado, la indigencia doctrinal de la izquierda, incapaz de crear un discurso identitario no subordinado a la mitología de los micronacionalismos periféricos. Por el otro, la cortedad de miras de la derecha, siempre proclive a suplir con rancia charlatanería patriotera el imperativo de vertebrar la comunidad a través de la acción decidida del Estado. De ahí, de esa triste limitación transversal, que una escena como la del sepelio de Adolfo Suárez, españoles de todas las corrientes desfilando unidos tras la bandera rojigualda, resulte tan chocante por lo inusual. Por cierto, una bandera, la bicolor, que no alcanzó la condición de símbolo civil de la nación hasta tan tarde como el año 1908, ya en pleno siglo XX. Otro testimonio de lo precario y lento que resultó el proceso de implantación del Estado-nación en España.

Como muestra, otro botón: la célebre Ley Moyano, que debía implantar la instrucción pública obligatoria, elemento clave para inculcar la conciencia de pertenencia nacional entre la población, no sería promulgada hasta 1857. Pero es que cuatro décadas más tarde, en tiempos de la Guerra de Cuba, la mitad de las escuelas previstas en aquel papel seguían sin haber sido edificadas. Y las naciones, esos lazos de afecto que trenzan los mimbres de un grupo humano por encima de los simples formalismos jurídicos, contra lo que pretenden los románticos de todos los partidos, las crean los Estados. Pero no con encendidos discursos retóricos, sino con colegios, maestros y pupitres. De aquellos polvos, estos lodos. Los españoles necesitamos puntos de encuentro, espacios de identificación colectiva con nosotros mismos. El último servicio a España del patriota que en vida respondió por Adolfo Suárez ha sido regalarnos, siquiera efímera, esa estampa, la de la normalidad.

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