Perded el miedo a Podemos

José García Domínguez

No es creíble. Simplemente no es creíble que el PSOE se derrumbe sobre sus cimientos en la encuesta de la página cinco de El Mundo mientras que en la sexta, o sea justo en la siguiente, Pedro Sánchez figure junto a Iglesias y Rivera como uno de los tres líderes mejor valorados por los electores. No puede ser. Esas cosas no ocurren. Así de simple. Porque los votantes acostumbran a revelarse daltónicos de tarde en tarde, pero jamás esquizofrénicos. Si Sánchez sube, su partido no puede bajar, y viceversa. Se pongan como se pongan los avezados cocineros del sondeo, el inminente sorpasso de Iglesias y Monedero se antoja inverosímil. Meterle el miedo en el cuerpo a la derecha de a pie con Podemos acaso resulte una de las pocas maneras que quedan para vender periódicos en los quioscos, pero de ahí a que el asunto devenga creíble hay un trecho. Un trecho inmenso.

Alguien, no recuerdo ahora quién, dijo en cierta ocasión que el populismo es como la pornografía: resulta muy difícil definirla de modo preciso recurriendo a las palabras del diccionario, pero todo el mundo la reconoce de inmediato cuando se topa con su presencia. El elevar a programa de gobierno la frívola charlatanería indocumentada de las tertulias, que no otro viene a ser el gran secreto de Podemos, ciertamente tiene un recorrido en tiempos de mudanza como estos. Pero un recorrido limitado. Y es que, al modo de lo que ocurre con la mayoría de los divorcios, la ruptura de la fidelidad hacia unas siglas por parte de sus antiguos seguidores requiere de un paso previo por la abstención antes de comprometerse con otra pareja política. Está más que demostrado en todos los estudios de sociología electoral.

No, no va a producirse una deserción masiva desde el PSOE hacia Podemos. Por lo menos, no ahora. Aunque puede ocurrir más adelante si la Gran Recesión sigue ahí. Y claro que seguirá ahí. Como en el poema de Celaya, Podemos es un arma cargada de futuro. De futuro, no de presente. Por cierto, cuando aquel soneto, esto es en vísperas de la Transición, los poderes que todavía se decían fácticos tuvieron la clarividencia estratégica de apadrinar al PSOE a fin de cerrar el paso al Partido Comunista. Y funcionó. Recuérdese, el Albert Rivera de aquellos años se hacía llamar Felipe González, y la correspondiente Rosa Díez respondía por Alfonso Guerra. ¿Quedará en esta hora aciaga de España la mínima inteligencia política para repetir la operación?

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