Pedro Sánchez y el nacionalismo español

José García Domínguez

Ni con España ni contra España. El PSOE, siempre a medio camino, en la más estricta equidistancia. Es curioso el problema que tienen los socialistas, mande quien mande en Ferraz, con el sustantivo España. A mí me evoca el guión de El ángel exterminador, la película de Buñuel. Recuérdese, los invitados a una fiesta que se celebra en un suntuoso palacete, personas muy principales e influyentes todas, no se atreven a traspasar la puerta de salida una vez finalizado el convite. Convertidos de pronto en rehenes permanentes de una casa que no es la suya, ocuparán el resto de sus vidas en engañarse a sí mismos y a los demás para racionalizar ese miedo absurdo. Sus energías se gastarán a partir de entonces en un empeño inútil por encubrir el pánico a atravesar la línea imaginaria que los separa de la calle. Nunca osarán dar el paso. Preferirán morir antes. Así el PSOE con la cuestión nacionalista.

Algo, esa patología tan suya, que les obliga, como ayer mismo en las Cortes, a sacar de tanto en tanto el placebo del federalismo para intentar tener contentos a los separatistas catalanes. Empeño perfectamente inútil, por lo demás. Ese viejo y manido cuento del federalismo que Jiménez de Asúa llamó el "fetichismo de un nombre" durante las constituyentes de la República. Porque no otra cosa más que pura charlatanería huera encierra el afán de los socialistas por convertir en una federación de iure a un país, España, que ya lo es de facto. Es lo más parecido a un impulso pavloviano: en cuanto un socialista con mando en plaza oye la palabra España, al instante le entra el pánico escénico por temor a ser confundido con un nacionalista español. Ese ha sido, de hecho, el supremo triunfo histórico de los micronacionalistas periféricos: lograr que la izquierda toda haya interiorizado la falacia de que cualquier repudio del nacionalismo solo puede proceder de otro nacionalismo simétrico y opuesto.

Una falacia absoluta, por cuanto ni Ciudadanos ni tampoco el Partido Popular mantienen la menor promiscuidad intelectual con los restos, por ventura marginales, de la mugre retórica franquista que desacreditó, acaso para siempre, al nacionalismo español. El repudio radical, sin paliativos ni medias tintas, del nacionalismo catalán, la nausea moral ante esa doctrina egoísta y miserable que azuza los instinto más bajos y mezquinos de la condición humana no puede caer en la mima tara que denuncia. Porque lo contrario de un nacionalismo no puede ser, bajo ningún concepto, otro nacionalismo. Lo contrario de un nacionalista, igual catalán que español, no es otro nacionalista, igual catalán que español, sino un patriota. Y un patriota ama a su país tal como es, no como a él le gustaría que fuese tras forzarlo a pasar por la cama de Procusto. De ahí que los patriotas españoles no nos escandalicemos nunca cuando, por ejemplo, un diputado utiliza la lengua catalana en la tribuna del Congreso de los Diputados. Pierda el miedo y atrévase a traspasar la puerta de una vez, Sánchez. Sea valiente. Usted puede.

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