Toros

Pan y circo

José García Domínguez

Con permiso de los castizos, uno debe confesar que el guirigay identitario a cuenta de los toros en Cataluña, recitales de plañideras incluidos, más que indiferente le resulta ajeno. Al cabo, y sintiéndolo mucho, si la españolidad fuera a medirse por el grado de adhesión sentimental a la dichosa Fiesta, el mismo uno no opondría el menor reparo a proclamarse apátrida al punto. Sin que ello quiera significar, por cierto, que también postule proscribir ese divertimento atávico.

De hecho, lo en verdad grave no resulta que algunos ansíen acabar por las bravas con la tauromaquia en Barcelona, único municipio de la demarcación que conserva activo su coso. Mucho peor será lo que ocurra al final, a saber, que no la prohibirán. Un augurio triste no por la naturaleza del entretenimiento en sí, cuestión que no nos ocupa, sino por el grado de miseria colectiva que una tal decisión dejará entrever. Y es que la razón efectiva de la absolución in extremis sólo obedecerá a la indigente naturaleza de la clientela electoral del PSC.

Así, por patético que resulte, la misma masa adocenada y pastueña que accede, sumisa, a contemplar cómo se persigue su lengua, aculturiza su prole y pisotean sus derechos civiles, ruge ahora por un agravio de charanga y pandereta, esto es, por un folletón de capotes y muletas. Que no otro es el seísmo que acaban de detectar los muy finos sismógrafos de Montilla en el cinturón dizque rojo.

Más devoto de Frascuelo que de María, al pueblo soberano nada le importan Cervantes, Quevedo ni Nebrija. ¡Pero ay de aquél que les toque a su Jesulín! Ya se sabe, cosas de la novena provincia. De ahí, fulminante, el cambio de actitud de los socialistas en la materia, desposeyendo del sufragio secreto a sus propios diputados con tal de que no vuelva a repetirse el resultado de la primera votación.

Como también de ahí que ahora maquinen un apaño a la portuguesa: mantener la liturgia toda del ceremonial suprimiendo, eso sí, la ejecución sumaria de la res en el ruedo. Por lo demás, entre las muchas vías empíricas de refutar los Países Catalanes, desvirtuar los toros quizá no resulte la peor, sobre todo, a tenor de su pujanza en el sur de Francia, Valencia y Baleares. No hay mal que por bien no venga, que diría el gallego.
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