Pablo Porta

Pablo, Pablito, Pablete

José García Domínguez

Debiera ser el periodismo español, y no el deporte, quien luciese de riguroso luto por don Pablo Porta Bussoms, ese ex presidente de lo del fútbol que acaba de emprender un discreto tránsito entre dos olvidos, el mundano y el eterno. Al cabo, gracias a la bufonesca declinación de su nombre de pila, el célebre "Pablo, Pablito, Pablete" de aquellas madrugadas insomnes de la Transición, García demostró que en este viejo oficio de carpantas hasta se podía hacer dinero; dinero de verdad, al por mayor. Sólo por eso, la profesión estaría obligada a guardar hoy dos minutos de silencio. El primero, por el mentado Porta Bussoms; el segundo, por ella misma.

Fue Porta un franquista catalán, valga la redundancia; es decir, un hombre que en la Barcelona de mediados del siglo pasado se confundía con el paisaje. Y es que aquí, en este amnésico solar que separa al Tibidabo de Montjuic, siempre hubo más franquistas que palmeras. Se ve que el clima les era propicio. O quizá fuera cosa de la rica gastronomía local. Vaya usted a saber. En fin, el caso es que proliferaban como las setas en otoño. Luego, una vez traspasado el gallego, prácticamente todos se reconvertirían, sin mayor objeción ni escarnio público, en respetables nacionalistas de toda la vida. Así, serían añejos alcaldes y concejales del Régimen quienes dotaran de realidad a un partidito, como el de Pujol, surgido literalmente de la nada. Ruborizante espectáculo de travestismo colectivo en el que el difunto Porta, al menos, tuvo la dignidad de no participar.

De lo que fueran vida, obra y milagros de Pablo Porta se conoce casi todo. Sin embargo, ese "casi" resulta muchísimo más sugerente que el manido todo. Pues pocos saben que si nuestro tosco marxismo patrio llegó a disfrutar de algo parecido a un filósofo de cabecera, fue gracias a Pablo Porta. Es ésa una oscura historia que remite a arcanas disputas doctrinales entre los falangistas catalanes de la posguerra. Un turbio enfrentamiento fraternal que se saldaría con la secreta condena a muerte del más fanático pro nazi de todos ellos, el camarada Manuel Sacristán Luzón. El mismo Sacristán, Manuel, que, apenas algunos años después, ejercería con idéntico sectarismo de supremo guardián de las esencias leninistas y de incontestable pope de la ortodoxia en el seno del matrimonio PCE-PSUC.

Y todo, gracias a que el joven Pablo Porta, que no otro era el verdugo azul designado para descerrajarle un tiro en la nuca, en un rapto de sensatez decidió por su cuenta y riesgo aplazar sine die la ejecución sumarísima de Manolo. Aunque sólo fuera por eso, pues, descanse en paz.
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