Pablo Iglesias, Puig Antich y Vázquez Montalbán

José García Domínguez

En Barcelona, su ciudad, hubo una manifestación, sólo una, el día que lo mataron en la cárcel Modelo. Transcurrió a lo largo de la Diagonal, entonces Avenida del Generalísimo, a la altura de la zona universitaria. Y quienes la integraban eran miembros de la facción local de los guerrilleros de Cristo Rey, que querían así festejar la pervivencia del garrote vil hasta el último día de la dictadura y, de paso, clamar contra el cardenal Tarancón y otros notorios rojos infiltrados. Solo la extrema derecha se movilizó aquella tarde en las calles de Barcelona. Salvo los fascistas, nadie más movió un dedo. Y nadie quiere decir nadie. La dirección del partido había transmitido órdenes muy precisas a todas las células de la organización en la ciudad: no hacer nada, nada de nada; ni octavillas, ni saltos, ni huelgas, ni encierros en la universidad ni abajofirmantes; absolutamente nada.

A todos los efectos, aquel tenía que ser un día como otro cualquiera. Con la pequeña salvedad, claro, de que el régimen iba a quitarle la vida a un militante libertario de apenas veintisiete años, y del modo más cruel, en una de las arterias más céntricas de la capital de Cataluña. Por lo demás, todo muy normal. Una anécdota baladí, la de la muerte por garrote de Salvador Puig Antich en la calle Entenza, que de ningún modo iba a impedir que, a la misma hora, el gran Manolo Vázquez Montalbán y los alegres chicos del PSUC celebraran su estupendísima y divertidísima fiesta de inauguración en La Oca. Allí, en aquel restaurante de la plaza que todavía se llamaba de Calvo Sotelo, espacio sito a apenas un kilómetro y pico de la cárcel Modelo donde Puig Antich ya aguardaba al verdugo, la flor y nata de la progresía oficial catalana se aprestaba a regar en champán (la voz cava todavía no había sido inventada) el nacimiento de Por Favor, la nueva revista política. Un medio ferozmente antifascista, faltaría más.

La velada fue deliciosa, a decir de los cronistas. A Forges, venido desde Madrid para no perderse el sarao, le preguntó un periodista local qué sensación le producía Barcelona. Fraguas, siempre tan gracioso, respondió: "¡5 a 0!" (en alusión a la célebre goleada del Barça sobre el Real Madrid). Solo uno de los convidados, el escritor Joan de Segarra, falló a la cita. Así lo contaría después el propio Segarra:

Llamé a mi amigo Jaume Perich y le dije que había llegado el enterado, que Puig Antich estaba en capilla. Perich me dijo que lo sentía mucho, pero que no podía desconvocar la presentación y mucho menos la cena. Le dije a Perich que me disculpase, que no me veía con ánimos de ir a esa celebración.

Sería el único ausente. Nadie más faltó a la fiesta. Nuestros padres mintieron. ¿Conoces, Pablo, el verso célebre de Kipling? Pues eso.

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