Otro referéndum en Escocia

José García Domínguez

Los que en su día aprendimos y gozamos leyendo a Eric Hobsbawn, aquel viejo y sabio marxista inglés, sabemos que la nación escocesa es mentira; tan mentirá como las "tradicionales" falditas a cuadros de sus gaiteros, un invento de un estafador de Londres a mediados del XIX. E igual sabemos que es mentira la nación catalana cuantos tenemos edad suficiente —y memoria— para poder recordar personalmente a tantos franquistas locales reconvertidos acto seguido, tras la muerte del dictador, en firmes independentistas de piedra picada. La mitad de los escoceses quiere ahora la independencia del Reino Unido. Y la mitad, más o menos, de los habitantes de Cataluña ansía lo mismo, también ahora, con respecto a España.

Pero la diferencia entre unos y otros radica en que Edimburgo posee una inmensa bolsa de petróleo al lado de sus costas, mientras que Barcelona solo conserva un bonito palacio de ópera, el Liceo, justo al lado de su barrio chino de toda la vida. Un palacio de ópera cuya primera edificación pagó a escote su burguesía autóctona hace un siglo, y sin rechistar, pero cuya rehabilitación actual hubo de ser financiada íntegramente con dinero público, ya que aquella vieja y legendaria burguesía doméstica ni está ni se la espera. Ocurre que Escocia es hoy un lugar inmensamente rico, no inmensamente arrogante, engreído y decadente, como viene a resultar el caso de nuestro País Petit. Los de allí son, los de aquí fueron.

Por lo demás, los independentistas, todos, los de aquí y los de allí, forman una colla inasequible al desaliento. Por eso andan tan decididos a repetir mil veces, todas las que haga falta, los referéndums. Las que sea, hasta que suene la flauta. Eso sí, cuando suene, ni volver a hablar de otra consulta en los siguientes quinientos siglos, quinientos como mínimo. Consecuentes con ellos mismos, los escoceses, que perdieron uno hace poco más de un cuarto de hora, andan moviendo Roma con Santiago para celebrar otro en breve. Y luego otro, et caetera. Padre dicen que solo hay uno. Ahora solo falta saber si tontos con balcones a la calle como David Cameron habrá alguno más en el Reino Unido.

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