Otra sentencia sobre la inmersión que no se cumplirá

José García Domínguez

El nacionalismo catalán es una religión que se parece mucho al hinduismo. Según los exégetas más sabios de la devoción mayoritaria en la India, el planeta que habitamos se sostiene sobre el lomo de un gran elefante, elefante que a su vez se mantiene en pie apoyando sus cuatro patas sobre el caparazón de una tortuga, tortuga que por su parte logra el equilibrio merced a asentarse sobre la cabeza de una serpiente. Pero cuando se les pregunta quién sostiene a la serpiente, los hinduistas cambian de conversación. Y con nuestros separatistas con mando en plaza ocurre lo mismo. Así, llevan ya más de diez años repitiendo a sus fieles, y todos los días, que la ruptura definitiva con España está a punto, que es cuestión de nada, de un cuarto de hora como mucho.

Pero cuando se les pregunta que si estaba tan, tan a punto, por qué no acaba de llegar nunca, también ellos cambian de conversación. Cambian de conversación y se ponen a perorar con gesto circunspecto y semblante sombrío sobre lo muy terrible que se les antoja la situación agónica y terminal de la lengua catalana. Un cuento chino, el de la terrible decadencia crepuscular del catalán hablado y escrito tras cuarenta años de uso oficial, institucionalizado y ubicuo, que, entre otras funciones muy útiles para su empresa, les sirve de coartada intelectual a fin de seguir aferrándose a esa manifiesta ilegalidad que responde por inmersión lingüística. Y es que la inmersión, contra lo que todavía parecen creer de buena fe tantos ignorantes de la progresía mesetaria, siempre ha sido ilegal a ojos del Tribunal Constitucional. Siempre.

Nada sustancialmente nuevo o distinto, pues, viene a aportar esa enésima sentencia del Supremo que andan aireando ahora las portadas de los periódicos. Sentencia enésima que, huelga decirlo, tampoco se cumplirá, al modo de lo que ha venido ocurriendo con todas las anteriores. A ese respecto, que a nadie le quepa la más mínima duda, ni la más mínima. Todo lo cual, en fin, lleva a certificar la absoluta y radical miopía histórica de un equipo de gobierno, el del Partido Popular de Rajoy, que, disponiendo de una oportunidad tan excepcional y única como fue la aprobación del 155 por el Senado, la tiró neciamente a la basura para adelantar unas elecciones autonómicas que nada iban a resolver. No tienen perdón de Dios.

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