Orbán y el nacionalismo catalán

José García Domínguez

Por desgracia, y contra lo que prescribe el tópico manido, el nacionalismo no es una enfermedad que se cure viajando. En cambio, sí puede comprenderse su común sintomatología patológica leyendo. Algo es algo. Y es que, pese a aferrarse todos ellos al obsesivo narcisismo de las pequeñas diferencias, son casi indistinguibles los unos de los otros cuando se les observa de cerca. De ahí que haya mucho que aprender sobre el nacionalismo indigenista de extrema derecha que ahora mismo gobierna en Cataluña consultando la literatura disponible sobre su hermano gemelo, el nacionalismo indigenista de extrema derecha que también ahora mismo gobierna en Hungría. Un ejercicio, el de la taxonomía comparada entre los dos movimientos iliberales más potentes que en este instante aloja en su seno la Unión Europea, los que encabezan respectivamente Orbán y el pack Puigdemont-Junqueras, del que cabe concluir que otro gran tópico sobre los nacionalismos, y muy en concreto sobre el catalán, el que se asienta en esa tontería tan repetida en Madrid, la tontería de la pela, no tiene ningún asidero en la verdad. Tontería, sí, tontería. Tontería porque el secesionismo catalán puede tener, de hecho la tiene, una dimensión económica, pero su raíz profunda, su genuino impulso germinal, no solo no es económico sino que pudiera entrar en conflicto con los intereses económicos inmediatos de sus propios promotores llegado el caso.

Circunstancia, esa dimensión última que trasciende lo material, que los de la tontería de la pela resultan incapaces de comprender. Y con el nacionalismo etnicista húngaro ocurre exactamente lo mismo. Tampoco a Orbán lo mueve la pela. Por eso lo de Hungría, esa virulenta reacción contra la inmigración en un país que no ha recibido inmigrantes ni hay indicios de que vaya a recibirlos en el futuro, resulta tan difícil de descifrar en el hemisferio occidental de Europa. A imagen y semejanza de Cataluña, un territorio que nada puede objetar honestamente al trato económico que ha recibido del poder político español a lo largo de la Historia, la eurófoba Hungría solo ha recibido beneficios materiales en forma de transferencias financieras e inversiones directas tras su incorporación a la Unión Europea. Los mismos beneficios indiscutibles, por cierto, que la muy poco menos eurófoba Polonia igual recibió y sigue recibiendo. Porque el nacionalismo, quitáoslo de la cabeza, no va de dinero. Alguien dijo cuando la traca final del procés que el problema de Cataluña era que aquí se vivía demasiado bien. Y así era. Pero ni lo de los de allí ni lo de los de aquí va, ya se ha dicho, de dinero. Y nadie entenderá nada mientras se siga pensando lo contrario, como con demasiada frecuencia ocurre en Madrid.

Al contrario, la obsesión secreta de Orbán, exactamente igual que la obsesión secreta de Junqueras y Puigdemont, es la demografía. El problema de Hungría no es que su identidad nacional secular se vaya a debilitar por la masiva presencia indeseada de unos inmigrantes imaginarios que, simplemente, no existen. El problema de Hungría es justo el contrario, a saber: que se está despoblando a pasos agigantados porque no recibe inmigrantes de ninguna parte y, al tiempo, sus jóvenes emigran en masa hacia Occidente. Eso, el miedo ante la despoblación del país, es lo que en verdad late detrás del fenómeno Orbán y de su nacionalismo visceral. Y en Cataluña pasa igual. Tampoco la identidad local catalana corre hoy ningún peligro exógeno por la muy pedestre razón de que ya nadie en el resto de España quiere venir a vivir aquí. Pero, como los iliberales húngaros, también nuestros indigenistas viven atormentados en secreto por la debilidad crónica del crecimiento vegetativo de lo que ellos consideran su única tribu. Porque, y hay que repetirlo un millón de veces para que se entienda, esto no va de dinero. También por desgracia.

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