Obama, ese conservador

José García Domínguez

Poco se ha reparado en la inquietante coincidencia que une al hombre más poderoso del mundo con Satanás, el rey de las tinieblas. Y es que ambos han sido dotados con aquella rara habilidad en la que tanto descreía Kennedy, la de poder engañar a todo el mundo durante todo el tiempo. Prueba de su lúcida inteligencia, el Diablo acabaría por convencer al vulgo de que no existe. Tan cuco, si no más, Obama, el abogado defensor de Wall Street en la Casa Blanca, ha logrado pasar por un gobernante progresista y hasta de izquierdas a ojos del planeta todo. Un milagro que cabe atribuir al teleprompter, invento sin duda mucho más importante que la rueda o internet.

Aparte de eso, de la magistral pericia para leer bonitas metáforas en una placa transparente, el único logro conocido de Obama es la reforma sanitaria. Asunto en el que no solo fue desbordado en su día por el general Franco, sino también por un republicano tan convencional y carca como Richard Nixon. Al punto de que únicamente la eclosión del Watergate impidió que implantase un modelo de cobertura universal similar a los europeos. Más allá de semejante parto de los montes, nada. Nada de nada. En el fondo –que no en la forma–, Obama resulta ser un conservador. Y acaso de esa muy secreta identidad suya proceda la única virtud que se le conoce, esto es, la sapiencia para no incurrir en más estupideces que las estrictamente necesarias.

Es sabido, el propósito primero de todo conservador consiste en no añadir más problemas al Universo de los que ya existen, un afán que el de Chicago ha coronado con algún éxito. Por lo demás, y como su par Zapatero, Obama también cree que bajar los impuestos a los ricos es de izquierdas. De ahí que, más allá de la palabrería electoral, el grueso de los recortes fiscales de Bush hayan sido mantenidos por la Administración demócrata. Algo que, por cierto, explica el crónico, patológico déficit público de Estados Unidos. El resto, en fin, lo ha hecho un discípulo de Milton Friedman nombrado por los republicanos, cierto Bernanke. Y la propia economía americana, que no un hombre a una pantalla pegado. Otros cuatro años de bluf, pues.

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