Zaldívar

Nuestro hombre en La Habana

José García Domínguez
Es sabido que resulta metafísicamente imposible simular la mediocridad. De ahí, por ejemplo, que no exista un sólo gran novelista que haya sido capaz de producir un best seller. Inevitablemente, ocurre así porque el mediocre nace, no se hace. En reflexión paralela a la que nos ocupa, aseguraba el maestro Cela –creo recordar que en Mazurca para dos muertos– que hay hasta siete señales que juntas sirven para desenmascarar al hijoputa. Sin embargo, identificar diligentemente a los mediocres supone empeño mucho más llevadero, pues basta con detectar una sola pauta. Es ésta: en todo momento porfían para anular el razonamiento lógico en favor de un indigesto revoltillo condimentado a base de emociones y juicios de intenciones, a partes iguales.
 
En tan tosco menester, el embajador de España en Cuba, Carlos Alonso Zaldívar, se revela como un verdadero artista. En concreto, y para ser precisos, es el Scott Fitzgerald ibérico. Y es que, al igual que el otro, también él habla con la autoridad que le da el fracaso. Así, aspiró en su día a convertirse en el Koba del Partido Comunista de España, y se ha quedado en simple nuncio de la cofradía del resentimiento ante la corte del Rey Sol y Menores a Buen Precio.
 
Con ese nombre suyo de galán de Cifesa, Carlos Alonso no podía resultar un gran malvado. Y no lo es; no, no puede. Como igualmente nacieron castrados para consumar esa vocación sus dos jefes, Curro y Rodríguez. Porque ejercer el Mal, así, con mayúscula, exige poseer el talento que Dios les escatimó a los tres. No, Charly únicamente es un mediocre; eso sí, grande, muy grande, casi tanto como los que le pagan la soldada cada mes. Y además, un sentimental, igual que todos los de su condición.
 
Esa triste limitación que padece Zaldívar lo obliga, como ya se ha diagnosticado, a juzgar los hechos que ocurran en la realidad por las intenciones que cándidamente atribuye a los que los ejecuten, jamás por sus efectos objetivos y contrastables. Charly ya no es comunista, pero sigue pensando que la idea era hermosa. Y se emociona glosando la grandeza moral de todos aquellos que la sirvieron. Cómo no iba a conmoverse ante la compañía de los camaradas caribeños que aún siguen aferrados a un sueño maravilloso. Sí, claro, los camaradas roban, torturan y asesinan. Pero la idea... ¡es tan bella! ¡Qué distantes la pureza del concepto y la obstinación de sus últimos defensores, del prosaico racionalismo de esos gusanos que irrumpieron el otro día en la embajada! Aquellos tipos, por un instante –hasta que Carlos Alonso los puso de patitas en la calle– con su sucia presencia estuvieron a punto de romper el hechizo. Y algo peor: casi le estropean el guión de la gran novela generacional que redacta. Un best seller, dicen los que ya han leído el manuscrito.
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