Nuestro capitalismo de amiguetes

José García Domínguez

Estadista tan celebrado en vida y post mortem por sus audaces bajadas de impuestos, muy pocos aquí recuerdan, sin embargo, lo que hizo Ronald Reagan cuando la quiebra fraudulenta del sistema yanqui de cajas de ahorros, allá por los ochenta. Resulta que, tras otro alocado festín del ladrillo calcado del nuestro, el Gobierno de Estados Unidos tramitó siete mil expedientes criminales contra otros siete mil directivos al saber de la ruina de esas entidades de ahorro popular. Repito, siete mil. Unos expedientes que darían lugar a mil cien inculpaciones firmes. Repito, mil cien. Consecuencia de todo ello, seiscientos cincuenta financieros terminaron en la cárcel. Vuelvo a repetir, seiscientos cincuenta. He ahí la pequeña diferencia entre el capitalismo español y el capitalismo de verdad.

Sucedió justo después de la caída del Muro de Berlín, en 1989. Al tiempo que la momia de Lenin transitaba rauda hacia el purgatorio del olvido, el viejo Adam Smith dejaba de dormir el sueño de los justos en las páginas de las enciclopedias para ser entronizado en los altares laicos de Occidente. De repente, todo el mundo se hizo liberal. Sin embargo, pocos, muy pocos de los nuevos devotos del padre de La riqueza de las naciones, genuina partida de nacimiento del liberalismo económico, repararon en que esa obra fue escrita por el mismo autor de otra no menos memorable que lleva por título Teoría de los sentimientos morales. Porque Smith no solo fue el primero en descubrir las habilidades prodigiosas de la mano invisible. También resultó ser pionero en advertir de que el capitalismo huérfano de un orden ético acabaría convertido en una bicicleta sin manillar.

La honestidad, la contención, el sentido de la responsabilidad individual, son valores que, lejos de obedecer a la esencia del capitalismo, informaban la ética cristiana que lo acompañó desde su nacimiento. Y sin ellos el capitalismo en nada se distingue del orden que impera en la selva. En nada. Porque el exclusivo interés egoísta de los intercambios mercantiles a lo único que nos aboca es al retorno al estado de naturaleza, a la anarquía de un universo hobbesiano incapaz de consolidar ninguna lealtad firme entre las personas. Desengáñense los incautos doctrinarios, el capitalismo no podrá sobrevivir mucho tiempo a las tarjetas black, al cinismo generalizado, al todo vale, al sálvese quien pueda. Ah, nuestro capitalismo de amiguetes.

A continuación