Ciudadanos de Cataluña

Nuestro caballito de Troya

José García Domínguez
Son justo las tres de la tarde y esa canción que ha empezado a sonar por la megafonía de la sala interrumpe la conversación que mantenía con Antonio Robles. Ahora, ambos observamos en silencio a los doscientos delegados de Ciutadans de Catalunya que, como nosotros, están escuchando la letra de  Ain´t No Mountain High Enoug (No existe ninguna montaña lo bastante alta como para que no la pueda escalar). Seguro que más de uno debe estar oyéndola por primera vez. Aunque para mí tengo que ese no es el caso de Antonio. No se lo preguntaré, pero estoy convencido. Entre otros motivos, porque no soy capaz de imaginármelo sin tararear mentalmente esa canción en 1992, cuando se labró la muerte civil en aquella Icaria feliz del pujolismo, al publicar Extranjeros en su país.
 
O al año siguiente, cuando fundó junto a cuatro parias más la Asociación por la Tolerancia, aquel cayuco en el que navegó a la deriva la escasa dignidad cívica  que se enfrentó desde el principió a la dictadura blanca del nacionalismo catalán. O cuando redactó el Manifiesto por la Tolerancia Lingüística, a principios de 2005, con los comisarios políticos de la Esquerra controlando aún esa Consejería de Educación en la que lleva trabajando desde hace más de veinte años. Y es que es necesario, es imprescindible creer en algo para poder hacer esas cosas. Aunque sólo sea en que no existe ninguna montaña que un hombre no pueda escalar.
 
Después, cuando termine de sonar la canción, marchará hacía la Mesa del Congreso a estrenar su nuevo cargo. Pues acaban de elegirlo secretario general de ese Partido de la Ciudadanía que hoy va a ver la luz. Del partido de una ciudadanía que Francesc de Carreras habría querido heredara “de la tradición socialista”; y que lo hubiese sido si su enmienda a la totalidad de las Declaración de Principios no hubiera salido derrotada en la votación del Plenario. Una ciudadanía que, por lo demás, tampoco todos los congresistas tenían claro si debiera ser “catalana”, “nacional”, o “estatal”. Así, cierto Iván Tubau que compareció enfundado en unos bermudas de juzgado de guardia, amenazaría con repudiar al recién nacido en caso de que los Estatutos estableciesen mención alguna a la Nación española. Sin duda, entusiasmados con tan formal y grave anuncio, los delegados ratificaron en el acto el carácter español de la formación, ampliando además su ámbito de actuación a todo el territorio nacional.
 
Pero, en fin, lo importante es que a pesar de todo y de todos, incluso de sí mismo, nuestro caballito de Troya ha echado a trotar. Como mi memoria. Porque mientras contemplo a Antonio Robles alejándose en su camino hacía el estrado, no sé por qué, me viene a la mente el texto de aquel antiguo cartel de las Juventudes Libertarias: “Corre, muchacho, todo el viejo mundo va detrás de ti”. 
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