11-M

Nosotros sí queremos saber

José García Domínguez

Es muy cierto eso de que la cultura es el poso que queda cuando ya se ha olvidado todo. Sin ir más lejos, uno entretuvo cinco años de su juventud estudiando estadística, y lo único que recuerda de todo aquel asunto de derivadas, integrales y modelos econométricos es que Telleyerand llevaba más razón que un santo: "Lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible". Luego, vendría Einstein sentenciando que Dios no juega a los dados, aforismo que no dejaba de ser un plagio ingenioso del aserto del francés. Pues la intuición clarividente de que las casualidades no existen, y de que en el álgebra del Universo nada está gobernado por leyes más estrictas e inflexibles que el azar, se la debemos al otro, a nuestro contemporáneo –que por algo traicionó con idéntica y beatífica sonrisita Profident a la República, al Directorio, a Napoleón y a Luis XVIII–.

Telleyrand enunció lo que hay, y, casi al mismo tiempo, el hijo genial de un albañil analfabeto, Carl Gauss, lo demostraría con números. De ahí un problema que no tienen precisamente en Houston, sino en Ferraz. Porque si el tal Gauss no hubiese descubierto la ley Normal, esa campanita mágica que asigna probabilidades a cuanto haya de acontecer bajo su alargada sombra, el once de marzo sólo recordaríamos un crimen político. Pero ocurre que su címbalo impertinente lleva más de cien años sonando. Y, hoy, ahora mismo, retumba con furia atronadora en los oídos de quienes saben leer su partitura.

Porque a José Antonio Alonso, como es de letras, le cupo finiquitar la Comisión del 11-M sentenciando, ufano: "Ni siquiera un indicio conduce a ETA". Sin embargo, pregúntenle al oráculo aleatorio de Gauss qué probabilidad asignaría a que dos camiones atestados de explosivos saliesen por azar, en la misma fecha y casi a la misma hora, de Asturias y Francia, derechitos a reventar Madrid. Hasta el presunto bachiller Montilla sería capaz de adivinar la respuesta correcta: cero.

Luego, dirijan sus miradas a las estrellas, y cuando allá a lo lejos oteen al Chino invitando a copas a las uríes, inquiéranle:

– Oye, Jamal, ¿qué posibilidades de seguir vivo crees que te hubiera concedido el perro infiel de Gauss, tras confesarle a Trashorras que eras amigo de los etarras de la otra caravana?

No esperen su respuesta; para qué si ya la conocen. Mejor, diríjanse sin más dilación al callejón de Avilés que regentaba el ex minero, ése en el que por casualidad la ETA robó el coche que luego explotaría en Santander. Con suerte, puede que allí se topen con el fantasma del gran Telleyrand. E incluso es posible que les recite la otra frase que lo haría inmortal: "Sólo hay algo más terrible que una calumnia: la verdad".
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