El Carmelo

No ponga mi nombre

José García Domínguez
El que manda en la asociación de vecinos se apellida González y es de Jaén. González, sobre todo, no quiere ni jaleos ni manifestaciones. “Mi lema es: tranquilidad, no pasividad”, explica al periodista. No se le ha ocurrido exigir dimisiones; la tranquilidad por encima de todo. Uno de El País le acaba de preguntar qué le parece la actitud de Maragall ante el asunto. “Bien”, responde. En esa otra Cataluña, la que empieza en las faldas del Carmelo, tras cada humillación, cada complejo inducido y cada derrota, invariablemente aparece ante las cámaras algún González de Jaén para explicar a los suyos que no pasa nada, que tranquilos, que todo va bien. Y lo de hoy no iba a ser la excepción.
 
Sin embargo, el geólogo, que sí es autóctono, no parece tan optimista. En voz baja, confiesa que no sabía de ningún caso en el mundo en el que se hubiera cegado un túnel con hormigón. Ahora ya lo conoce: el tripartito acaba de enterrar las pruebas periciales del hundimiento bajo dieciséis mil metros cúbicos de ese material. También a media voz, asegura que no hay estudios y que nadie sabe si un terreno calcáreo y repleto de cavernas, como ése, será capaz de soportar semejante peso. El geólogo, además del pesimismo, practica la discreción. “No ponga mi nombre en el artículo”, ruega al reportero de la edición local de ABC.
 
En sus antípodas, el secretario de Comunicación se anuncia como hombre sociable y extrovertido: anhela conocer a todos los que hablen. El tal secretario es cierto Enric Marín, y la tal Secretaría, aquella del informe sobre los periódicos a castigar. Enric, que debe ser de la Esquerra porque también luce traje negro de camarero, ha redactado un “protocolo”. Los vecinos del de Jaén, antes de acceder a dialogar con la prensa, habrán de ser asesorados uno a uno por funcionarios del Govern, ordena en él. Huelga decir que el otro, González, encuentra bien eso de la asesoría.
 
Después del secretario extrovertido aparece el ministro. “He venido a comprobar cómo está el barrio y cómo se sienten sus habitantes”, proclama Jordi Sevilla. Dos minutos más tarde ya está comprobado todo y se sube otra vez al coche oficial. Tras los ciento veinte segundos de investigación in situ, la exclusiva: “El presidente Zapatero va a estudiar soluciones imaginativas”. Luego, una sonrisa y la despedida. Con el jaleo del séquito y los escoltas, todo el mundo se olvida del representante de los mil desalojados, que anda por allí. Pero seguro que la visita le ha parecido bien.
 
A continuación llega el turno de los socios de Maragall. ERC y los comunistas coinciden con el luchador vecinal, muy bien todo. “No vamos a solicitar ninguna comisión de investigación”. Los abogados que les han buscado a los que están en la calle, también: “No vamos a solicitar que se incoe ningún proceso por lo penal”. Y el consejero de Obras Públicas: “No pienso dimitir”. Y… comienza a llover. Es una lluvia sutil, discreta, casi imperceptible. Como todo en Barcelona.
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