No hablar español es de pobres

José García Domínguez

Que un energúmeno asilvestrado, el elemental Tardà pongamos por caso, dé en equiparar a un Gobierno de la Unión Europea con los nazis no merecería mayor comentario. Pero que eso se tolere e incluso celebre, y no en una taberna portuaria o un lupanar de carretera sino en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, ya es asunto distinto. En ningún país que se respete un poco a sí mismo serían admitidas conductas parejas. Inimaginable, por ejemplo, que en el Parlamento francés continuase con rutinaria normalidad la sesión tras una escena similar. Aunque solo fuera por respeto a la memoria de seis millones de judíos asesinados. Una atrocidad que se banaliza hasta lo grotesco cada vez que algún necio recurre al término nazi en la reyerta política cotidiana. 

Por lo demás, tampoco los catalanistas son nazis, ni los niños sometidos a la inmersión obligatoria judíos del Holocausto. Algo que, por cierto, exonera a Paco Vázquez del delito de colaboracionismo durante los treinta años que ha permanecido callado como un muerto sobre el particular. Los escolares de Cornellá o de Hospitalet del Llobregat no pierden la vida en cámaras de gas instaladas por la Generalitat. Solo pierden el tiempo en las aulas sin llegar a alcanzar una pericia razonable en el manejo del primer idioma catalán y de los catalanes, esto es, el castellano. Triste tara cultural de la que son bien conscientes los patriarcas del establishment nacionalista.

De ahí que todos, sin excepción, hayan procurado librar a su propia prole de la inmersión vía escuelas privadas bilingües. Hablar español, predican, es de pobres. Sin embargo, en la Cataluña rica y plena de hoy resulta que son ellos, los pobres, los únicos que no saben conducirse con una mínima, elemental corrección en español. Ellos, los hijos de la clase trabajadora, tanto la castellanohablante como la catalanohablante. Es cierto, sí, que toda la población habla castellano, pero solo algunos lo dominan. La gente acomodada, por más señas; aquéllos que por su origen social y cultural tienen acceso al español académico fuera de las aulas. Lo otro queda para esos vendedores que preguntan al cliente "cuántas en quiere", o que le recuerdan que "cal firmar la factura". Porque no son nazis, sino unos simples miserables. Apenas eso. 

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