Ni negros, ni extremeños

José García Domínguez

Para los hinduistas, el misterio de la arquitectura del Cosmos constituye asunto baladí, hace siglos resuelto por lo demás. Según ellos, el globo terráqueo descansa sobre un elefante, el elefante se sostiene en una tortuga y la tortuga reposa encima de una serpiente. El único problemilla surge cuando se les pregunta quién aguanta a la culebra. Llegados a ese punto, miran hacia otro lado y cambian de conversación. Bien, pues con los catalanistas ocurre algo parecido. Para nuestros duranes lleidas, maragalles y pujoles, Cataluña es una nación; la nación fue engendrada de una lengua propia; la lengua propia incorpora y transmite, de generación en generación, el espíritu del pueblo; y el espíritu del pueblo procede de… –"Ah, qué equipazo tiene el Barça este año"–, tercian ahí los patriotas domésticos, hurtando al curioso el preciado elixir germinal de su esencia. Con lo que siempre quedará en ascuas el inadvertido sobre qué oscura gruta esconde el punto de apoyo que mueve el mundo nacionalista.

Aunque a veces se les escapa alguna pista que conduce al huevo de la serpiente. Así, tras denunciar ante Jordi Pujol que TV3 emitió imágenes de un contribuyente hablando en "andaluz", el redactor del penúltimo informe sobre la obediencia al mando de los periodistas regionales, garabatea: "Yo no me siento racista, sino todo lo contrario, pero ante ciertos individuos puedo entender lo que pasa en otros pueblos que tienen un porcentaje mucho más elevado de población inmigrada (…) Realmente, no me imagino un presidente de la Generalidad negro, pero tampoco extremeño". Por fin, gracias a ese probo funcionario, vislumbramos un poco de luz en el fondo del Universo catalán. A saber: Pujol estaba sobre el elefante, el elefante sobre la tortuga, la tortuga sobre la serpiente, y la serpiente sobre cierto Joaquim Pujol i Figa, difunto primo-hermano del prócer, de quien dependía la cheka de la Generalidad en la que depusieron el dossier.

– "¿Y sobre qué se aguantaría el finado Pujol i Figa?"–, oigo que me interroga un lector aficionado a la astronomía.

– Pues nada menos que en los hombros del llorado abuelo de David Madí, actual portavoz de CDC. Sí, aquel firme catalanista y gran mecenas del Òmnium Cultural. El legendario patriarca local que se pasó la vida gritando a los cuatro vientos: Sóc un nazi català (soy un nazi catalán).

– Mas, ¿qué sólidos pilares sostenían al pardo cofrade de Pujol?

– Mire, resulta que bajo los pies del creador de la loción Floid para después del afeitado, erguíase el tan laureado como hoy olvidado Josep Vandellós, primer director del Servicio Estadístico de la Generalidad durante la República, y alma mater de la discretamente hitleriana Sociedad Catalana de Eugenesia.

– ¿Acaso se aupaba en el éter ese otro hijo de la tierra?

– No, hombre, no. El autor de Catalunya, poble decadent descansaba encima del directivo de la Mancomunitat e intelectual orgánico de la Lliga Pere Rosell i Vilà. El cráneo privilegiado del que surgiría La raça, docto tratado científico en el que se invita a la "raza catalana" a liberarse de "todas las demás razas invasoras".

– ¿Alzábase sobre el vacío el tal Rosell?

– Qué va. A éste lo sustentaba el gran Pompeyo Gener, el genio que identificó la causa de la inferioridad innata de los castellanos en el déficit de helio en la atmósfera madrileña, razón de que allí "la inteligencia tenga que funcionar mal por fuerza, por la deficiente nutrición del cerebro".

– ¿Y qué lomo sostenía al esqueleto de tan graves cavilaciones?

– El del glorificado Doctor Robert, alcalde de Barcelona que en 1900 descubrió que la configuración ósea de la raza catalana es dolicocéfala, frente a la vulgar braquicefalia de los españoles.

– ¿Y…?

– Oiga, pero qué equipazo me tiene el Barça este año.
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