Crisis

Ni hay crédito ni lo habrá

José García Domínguez

Por lo visto en los test de stress, nuestros bancos atraviesan una situación óptima, magnífica, inmejorable, aseguran algunos habituales del ditirambo financiero en la prensa. Eso sí, el crédito ni está ni se le espera. Ni un céntimo para nadie. Todo lo demás, bien. Así las cosas, otros profesionales, los de la inconsistencia lógica y la esquizofrenia argumental, gremio con un gran ascendiente entre la llamada opinión pública, se han lanzado ya a reclamar de los banqueros que hagan lo que sea y su contrario al mismo tiempo. Por un lado, los expertos, tipos siempre muy sesudos y circunspectos, exigen que la banca termine de sanear de una vez sus cuentas, aconsejando que actúe de forma prudente para ahuyentar el riesgo residual de quiebra provocado por el apalancamiento demencial heredado de la orgía del cemento.

Por el otro, los mismos tipos sesudos y circunspectos reclaman de los directivos financieros que ofrezcan el máximo de liquidez a sus clientes para fomentar la inversión, favorecer la creación de puestos de trabajo y el consabido bla bla bla de rigor. Un requerimiento bien simple, pues: únicamente se les exige ahorrar y gastar a la vez. Solo eso. La del crédito, por lo demás, ha acabado convirtiéndose en la falacia dominante en el discurso económico, tanto en el del Gobierno como en el de la oposición. Todos, sin excepción, insisten en atribuir a la sequía del crédito el encefalograma plano de la tasa de inversión empresarial. Lástima que ese cuento tan popular a diestra y siniestra para nada se compadezca con la verdad.

Porque el problema no es la falta de crédito. El problema es que nadie quiere un crédito. Tan sencillo como eso. De ahí que, pese a que Draghi se muestre dispuesto a regalar el dinero a cualquiera que se lo pida con unos tipos de interés iguales a cero, el crédito persista muerto en toda Europa. Porque nadie, decíamos, reclama dinero prestado. Y nadie significa nadie. La gente, que ve cómo su principal activo, la vivienda, aún sigue encogiendo de valor, lo último que desea es que se le hable de pedir prestado. Y las empresas, obsesionadas con devolver su enorme deuda previa al terremoto de 2008, se conducen igual. Y ambos con más razón que un santo. No, no hay crédito. Ni lo habrá.

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