El fin de la política

Navarra como síntoma

José García Domínguez

Qué triste sino el del tradicionalismo hispano: emerger nada menos que con el Tigre del Maestrazgo para, ciento setenta años después, acabar en manos del Caniche del Maestro Cirueliña, también conocido en el siglo por Miguel Sanz. "Cosas veredes, amigo Sancho..." . En fin, ahora que Sanz, rumboso Zumalacárregui del Todo a Cien, ha dado en proclamar la Cuarta Guerra Carlista por un quítame allá esas pajas del sillón, es de prever la línea argumental de las plañideras de la prensa adicta, arrendadas para la ocasión con tal de esconderle al regente del Señorío de Pamplona las vergüenzas ante la audiencia.

Preparémonos, pues, para escuchar otra vez la eterna cantinela sobre un Partido Popular ferozmente centralista, refractario a la arquitectura autonómica del Estado y enrocado en una obtusa cerrazón unitarista. Implacable legión jacobina que, a la larga, expulsaría de su órbita a cualquier peculiaridad local, empezando por los inocuos regionalismos canario o aragonés, continuando por el simpático tío de las anchoas y acabando por el secular foralismo navarro. Como si el PP no hubiera sido cómplice activo y entusiasta en el diseño e institucionalización de esa tupida red feudal en la que, al final, ha terminado atrapado, bloqueado y paralizado él mismo. O como si el Título Octavo de la Constitución lo hubiera redactado el zagal Zapatero mientras terminaba el COU en León.

Ya en otro orden de obviedades, ningún esfuerzo intelectual habría de ser más estéril que el de intentar encontrar una explicación política a la espantada de Sanz. La razón es bien simple: lo de UPN constituye una manifestación, otra más, del fin de la política en toda su obscena desnudez. Espectáculo crepuscular y definitivamente pornográfico de lo público convertido, sin coartadas ni disimulos, en puro comercio de apetitos tan particulares como privativos de insaciables castas locales. Elemental entramado caciquil por completo ajeno a toda ideología o abstracción conceptual. Señores que dan de comer a sus vasallos a cambio de obediencia ciega y agradecidos séquitos estamentales vinculados por juramentos de sangre a sus protectores. Algo concreto que se ofrece a cambio de algo concreto que se recibe. Eso es todo.

Certifica Ortega, en 1914, mientras poco a poco se pudre la Restauración en el fango de la corrupción institucionalizada: "La España oficial consiste en una especie de partidos fantasmas que defienden los fantasmas de unas ideas y que, apoyados por las sombras de unos periódicos, hacen marchar unos ministerios de alucinación". Apenas añádasele a esa esquela el último vídeo de La Noria con los habituales berreando improperios contra sus iguales, y tendrá el lector la foto fija, el retrato moral de la España contemporánea. ¿Ideologías? ¿Quién se acuerda de ellas?
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