Castells y nacionalismo

Morir por la tradición

José García Domínguez

Es sabido que de todas las tradiciones emana una autoridad incontestable, la del poso del tiempo, que libera a los que las obedecen del riesgo de cuestionarse la racionalidad de su propia conducta. He ahí la explicación aparente a que, en un país civilizado que prohíbe el trabajo infantil en los circos, se celebre con alborozo que niños de pantalón corto trepen a las tambaleantes cimas de torres humanas de más de nueve pisos. Como así lo ordena la tradición, así se sigue procediendo. Y así, pues, habrán de morir otras niñas como Mariona, esa chica de doce años que acaba de perder la vida del modo más absurdo, tras despeñarse desde la cumbre de un castell en un festejo público.

"Hay que conservar las viejas tradiciones", replican por todo argumento quienes se niegan en redondo a que se prohíba una utilización tan temeraria de los menores en esos espectáculos populares. Y, sin embargo, pocas cosas hay en este viejo rincón de Europa que sean más modernas y novedosas que la tradición. Por ejemplo, el imaginario colectivo de los catalanes retrata a sus ancestros bailando sardanas, transmitiendo de generación en generación ese círculo que tan bien escenifica los rasgos identitarios del famoso hecho diferencial. Pero se equivoca. Pues ningún catalán había tenido noticia de la existencia de tal danza hasta hace poquísimo tiempo. Tan es así que cuando Galdós quiso incluir una sardana en una comedia ambientada en Cataluña, le fue imposible obtener la menor información entre sus amigos del Ateneo de Barcelona sobre cómo se bailaba. La razón de tanta ignorancia era simple: ninguno de aquellos entusiastas catalanistas de 1896 la había visto ejecutar jamás.

Otro tanto sucede con el himno guerrero de los míticos segadores que se revolvieran contra el "invasor" castellano en 1640. Ese "ancestral" cantar de gesta ante el que se cuadran los nacionalistas fue inventado en un despacho del Ensanche barcelonés; en concreto, durante el primer año del siglo XX. De tal guisa, al confortable calor de un brasero, la "legendaria" letra de Els segadors sería urdida por cierto Emili Guanyabens, dicen que poeta. Y, a su vez, algo muy similar pasa con la tradición "secular" de izar torres humanas recurriendo del concurso de criaturas que se arriesguen a desnucarse al coronarlas. Porque su implantación se remonta justo a ese mismo instante germinal: el del momento constitutivo de lo que habría de conformar la liturgia canónica del movimiento catalanista. He ahí, de paso, la explicación real a tanta resistencia numantina contra el sentido común entre los entusiastas de esa "vieja tradición".
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