Cataluña

Montilla, martillo de heretges

José García Domínguez

Si la palabra dignidad formase parte del vocabulario de Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Javier Cercas, Juan Goytisolo, Enrique Vila-Matas, Félix de Azúa, Javier García Sánchez, Ignacio Vidal Folch y para de contar porque no hay más cera que la que arde, los alemanes, esa gente tan extraña que aún conserva el sentido del ridículo, se verían obligados a suspender la Feria de Frankfurt de este año. Pues, como es fama, Pepe Montilla ha dado su bendición al apartheid gramático que le reclamaban sus iguales de la Esquerra con ocasión del evento. Así, Montilla acaba de sentenciar que una cosa es escribir en Cataluña y otra muy distinta ser escritor catalán. E igual que Artur Mas cuando anunciara airado que Roma no paga a charnegos desagradecidos –"Que monten un colegio privado en castellano para el que lo quiera sufragar, como se montó uno japonés en su momento"–, el de Iznájar ha asentido a que no se subvencione a cipayo alguno que ose expresarse en la lengua literaria de Pere Gimferrer.

Con lo que los arriba mentados habrán de buscarse una pensión con derecho a cocina en Frankfurt, ya que los socialistas del Govern sólo apoquinarán copas, viaje y estancia a Andreu Buenafuente – el literato más vendido en lengua catalana durante lo que llevamos del siglo XXI– y a un ramillete de glorias vernáculas de talla aproximada. Si se toma en consideración que, según datos de la propia Generalidad, el 53,5% de los catalanes posee como lengua propia el castellano –frente a un 40,3% cuyo idioma materno es el catalán–, quizás a alguien le quepa sorprenderse de que ese obsceno nuevo pasito del progrom cultural catalanista pueda llevarse a cabo con total impunidad. Al igual que quien nunca haya vivido en una sociedad enferma, tampoco sería capaz de comprender cómo la mayoría del paisanaje admite de grado ser estigmatizado por comunicarse en su propio idioma. Pero, como bien saben lectores del "Discurso sobre la servidumbre voluntaria", el único interrogante sensato frente a ese tipo de patologías colectivas es el de si vale la pena perder el tiempo tratando de curar a la legión de los adictos al soma del auto desprecio.

Razón de que lo que más debiera inquietarnos a los aborígenes en ese asunto del circo de Frankfurt no sea la cuestión, menor al cabo, de la exclusión de la narrativa catalana que se expresa en castellano, sino la clamorosa ausencia de la literatura catalana escrita en catalán. He ahí el gran escarnio: que una vieja cultura centenaria, la misma que engendró en su seno a autores como Espriu, Foix o Pla, tras miles de millones tirados en subvenciones, haya de salir por el mundo sin poder enseñar algo más que las vergüenzas de Isabel Clara Simó. Como se entere Manolita Chen, se nos matricula en los cursos para sacarse el Nivel "C". Seguro.
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