El debate

Monólogo sin nación

José García Domínguez
Que gran verdad encierra esa frase de que nadie es grande para su ayuda de cámara. Ayer, sin ir más lejos, a Zetapé le tenía escrito su discurso el consejero delegado del Poder Fáctico Fácilmente Obedecible. Y en lugar de limitarse a repetirlo poniéndole unas cuantas esdrújulas encima de las íes, por petulancia, nos salió por los cerros de Cornellà. Porque la novena presidencial emergió de un interminable corta y pega entre los pregones amontillados de la Fiesta Mayor de la capital del Bajo Llobregat, el último informe del comité central del Partido Comunista de Corea sobre la marcha imparable del Plan Quinquenal, y la edición en rústica de la autobiografía del Doctor Pangloss. Además, fiel a sí mismo y abdicando de su fe republicana, Rodríguez volvió a usurpar ante las Cortes la corona del Rey del Lugar Común. Así, subió al estrado con gesto firme, decidido a explicar que todo lo que es la Tierra tiene cuatro esquinas, ya que es redonda; que todo lo que signifique ciruela deja el vientre suelto; y que cuando llegue el verano a este país, hará calor, al contrario de la sensación térmica que experimentan los ciudadanos y las ciudadanas en todo lo que es el invierno.
 
Peroraba sin miedo a las palabras Ventura Gassol, uno de los padres fundadores de Esquerra Republicana de Cataluña: “nuestro odio a la vil España es gigantesco, loco, sublime; hasta odiamos el nombre, el grito y la memoria, sus tradiciones y su sucia historia”. Confiesa sin miedo a las palabras Carod Rovira: “un Estado federal podría ser útil como fase previa a la independencia”. Y ordenaba ayer Cebrián a su protegido: “pierda el miedo a las palabras y aborde la cuestión del Estado federal”. Él obedecerá. Lo hará, nadie lo dude, mas no verbalizó la cuestión en el Debate. No, bordearía por todos los ángulos posibles el esqueleto de esa España asimétrica, descoyuntada, desnortada y descabezada, el programa único de la coalición ferroviaria que lo aupó a La Moncloa, pero no se atrevería a rebautizarla. Y es que imaginar a un Rodríguez valiente, aunque sólo fuera ante las palabras, es como confiar en la existencia de los limones dulces, la poesía social o las sardanas por soleares. Porque ocurre que el presidente también es reo de miedo atávico frente a las palabras. De ahí que se le helara la sonrisa, por la tarde, al escuchar que el eco de los muertos iba a perpetuarse en la letra pequeña del Diario de Sesiones. Que se grabaría en tinta la sombra de esos mil españoles tan distintos, porque ellos sí se atrevían con el Diccionario; de ahí que los asesinaran con esas pistolas ante las que presenta sus respetos Patxi López. En su último artículo el consejero delegado puntuaba con “un simple aprobado” al aconsejado por delegación. A saber si lo enviará a Septiembre tras lo de hoy.
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