1 de Mayo

Méndez & Toxo S.L.

José García Domínguez

Cuando el Imperio, en las Cortes sentaban a unos saharauis muy vistosos, con sus chilabas y sus turbantes, que daban el muy preciso contrapunto de variedad cromática al monocorde azul mahón del resto del atrezo. Y a partir de idéntico móvil ornamental, igual desparramaban por el hemiciclo a otros que hacían de obreros, o de productores, que es como había que decirles por entonces a los currantes. Al punto de que hasta tenían jefe, un procurador que salía en el No-Do expresando su más inquebrantable adhesión al Caudillo en un rincón del palco del Bernabeu, el día de San José Artesano, durante la demostración sindical, que caía el primero de mayo. 

Desde aquello algo ha llovido, aunque no tanto. De hecho, si Cándido Méndez no gastara esa ostentórea panza suya, el sábado podría haberse marcado una tabla de gimnasia en loor de Zapatero y Sonsoles, y ya nadie hubiera notado la menor diferencia con lo de antes. Así, ante el siniestro total del empleo en España, los probos funcionarios de Comisiones y UGT se echaron a las calles con tal de transmitirnos su íntima, desgarradora angustia por el devenir procesal de cierto prevaricador presunto; y para expresar el más decidido repudio a la política económica de... Angela Merkel. Que se vayan preparando, pues, Sarkozy y Berlusconi: en la próxima EPA ya irán a por ellos sin más contemplaciones.

Lo dicho, sólo faltaron unos colchones de espuma sobre el asfalto, los precisos con tal de que los compañeros dieran unas rítmicas volteretas en agradecimiento al benefactor del proletariado que mora en esa tierra de nadie que media entre el Limbo y La Moncloa. Por lo demás, hoy como ayer, las aguerridas falanges del tercio sindical cumplen su cometido decorativo a cambio de una discreta soldada. Y contra lo que barrunta alguna derecha miope, resultan del todo inocuas. Cándido y Toxo son dóciles tigres de papel, serviciales cancerberos al servicio del poder constituido que jamás habrían de incordiar a la mano que les da de comer. Frente a lo que sostiene la doctrina apocalíptica al uso, encarnan la principal garantía, que no la suprema barrera, para iniciar ese plan de ajuste que Zapatero se niega a emprender. Y es que no somos Grecia: allí hay sindicatos.     

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