La mujer de Carod

Me lo dijo Pérez

José García Domínguez

Primero habló el loco de la colina –y de Terra Lliure–. "Pues nosotros también queremos exterminaros, que caray. Divirtámonos hasta morir que la guerra, a cara descubierta, ya ha empezado". Después le tocó el turno a la hoja parroquial del señor Conde de Godó. "Recuerden que la ordenanza de civismo de Barcelona prohíbe la práctica de la prostitución en según qué supuestos. Por tanto, mejor que vengan sin sus madres". Más tarde se pronunció el intelectual políglota. "Me cago en la puta España". Luego dio el do de pecho el teniente de alcalde. "Elvira Lindo no puede leer el pregón porque lo hará en español".

Tras él apareció el compañero López, de Martorell; el malhadado compañero López, que en mala hora daría en buscarse la ruina durante la fecha de autos, de tan seguro como estaba de atarse la concejalía acertándole con una colleja a Acebes. (Resignación, López, mucha resignación, y recuerda: sic transit gloria mundi). En fin, después del defenestrado compañero López, en vez del Diluvio, que hubiera sido lo suyo, nos visitó el Payaso de Micolor, que llegó en plan misionero, a alfabetizar charnegos. "¿Me puede escribir la primera estrofa del Virolai? ¿Sabe cómo termina El zoo d´en Pitus?". Bien, creerá el lector que ya estábamos todos. Pues no, señor. Aún nos faltaba la verdulera, con perdón de las verduleras.

Y es que si resulta cierto eso tan machista de que tras todo gran hombre hay una gran mujer, el alter ego de un pájaro como Carod tenía que ser cosa fina; pero fina, fina; vaya, de ponte en Maruja Torres y empieza a tirar hacia abajo. O sea, que ningún lector de La Vanguardía soñaba con atesorar vocabulario para acceder al Cuerpo Diplomático al toparse con la entrevista a doña Teresa Comas. Pero de ahí a descubrir que esa dama es capaz de brillar a más altura aún que su marido había un trecho. Y ese trecho se lo salta tal que así la doña: "A mí me la trae floja (...) Me dije: Los hijos de puta del Partido Popular no harán que coja una depresión porque no me da la gana".

Al parecer, a Teresa no la altera ni lo más mínimo algo que habría hundido en el abatimiento moral y psíquico al mismísimo doctor Freud de Viena. A saber, que el acomplejado de su marido se haya agenciado un guión ful para diluir el estigma aragonés del Carod enlazándolo con el autóctono Rovira, dando en inventarse ese fantasioso Carod-Rovira que luce en las tarjetas. Por lo visto, tamaña patochada de vergüenza ajena se la trae floja. Y, sin embargo, diríase que la llevó al borde del suicidio la mera posibilidad de que alguien diese pábulo a la especie de que un tipo así hasta sería capaz de plantarse en el Registro con tal de deshacerse de un Pérez. ¿Porque nuestro Llosep Lluís jamás se apellidó Pérez? ¿O sí?
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