Mas y su pedagogía del odio

José García Domínguez

Que Artur Mas no tiene en muy alta estima el cociente intelectual de sus votantes parece asunto fuera de toda duda. Cómo entender, si no, su última ocurrencia, ésa de publicar una larga lista de agravios legales contra Cataluña cometidos por los Gobiernos de España que lo fueron solo gracias al apoyo parlamentario de CiU. Y luego está lo de los historiadores. Cuánto se echa de menos una edición catalana de La traición de los clérigos, de Julien Benda, ese alegato contra los mandarines de la cultura francesa y su entusiasta afán por prostituirse al servicio del poder. Y es que la servil obediencia al nacionalismo de nuestros sacerdotes laicos en nada desmerece a la de sus iguales franceses en tiempos de Vichy. Apenas a efectos de vergüenza ajena, repárese en la lista de académicos que se han ofrecido gustosos a colaborar en esa comedia bufa de historia-ficción, la que lleva por título "España contra Cataluña (1714-2014)".

Un espectáculo dirigido por el antiguo portavoz del PSC, Jaume Sobrequés, y escenificado hasta en su más mínimo detalle por el Centro de Historia Contemporánea de Cataluña, negociado de agitación y propaganda dependiente de la Presidencia de la Generalitat. Cuesta entender que alguien con el prestigio que alguna vez tuvo Josep Fontana se preste a legitimar con su nombre semejante ejercicio de burda pedagogía del odio disfrazado de simposio científico. "Un completo disparate", en palabras de John Elliott, donde se abordarán "las condiciones de opresión nacional que ha sufrido el pueblo catalán a lo largo de estos siglos". Que así reza el programa oficial de la cosa. Extraña opresión, por cierto, la que durante siglos han venido ejerciendo tantos obreros murcianos, extremeños y andaluces sobre sus patronos de Sabadell y Tarrasa.

Un mero revival, por lo demás. El franquismo inventó su particular anti-España, la famosa conjura judeo-masónico-comunista que, día y noche, maquinaba arteras maldades contra la patria. Paranoia delirante de la que la doctrina ahora hegemónica en Cataluña resulta mero trasunto. A fin de cuentas, la obsesiva denuncia de la "catalanofobia" constituye mimética traslación de aquella anti-España espectral de cuando la dictadura. Qué lejos los tiempos de un Jaume Vicens Vives. Qué improbable en esta Cataluña de charanga y pandereta identitaria la integridad moral de un historiador como él combatiendo contra los mitos románticos y la manipulación interesada del pasado siempre tan cara al poder. Qué pequeño, cada vez más, el país petit.

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