Corrupción

Marbella

José García Domínguez

Recuerdo como si hubiera sido ayer aquella campaña de las primeras elecciones de la democracia. Montado en su jaca y trabuco en ristre, Curro Jiménez pedía el voto para la UCD. Un sujeto que se hacía llamar viejo profesor exhibíase en todos los periódicos abrazando al Lute, gran referente ético de su Partido Socialista Popular. Y cada madrugada, los muros de Barcelona amanecían engalanados con la calva de Duran Lleida. Que alguna tara ocultaba el inconsciente colectivo de este país, ya empezó a intuirse entonces. Por lo demás, que la enfermedad devendría crónica tampoco tardó en confirmarse. Pues, al instante comenzaría el festival interminable de los cafelitos, del henmano de este, del cuñao del otro, del ahora les toca a los nuestros, del too pal pueblo, del ustedes tienen un problema que se llama tres por ciento, del tú ven acá que me vas a hacer un informito sobre codornices japonesas, del...

Y es que mucho más grave que esa tangentópolis transversal que empieza en las concejalías de urbanismo resulta la corrupción moral de una sociedad, como la española, que la tolera de grado. Conviene recordarlo ahora. Ahora, cuando toca montar otro de esos vistosos autos de fe tan del gusto en la plaza, con sus plañideras de la Prensa dirigiendo el llanto de la procesión, su rasgar de vestiduras entre la autoridad, y su aquelarre final, quemando en pira pública a cuatro zafios del Ayuntamiento de Marbella.

Precisamente ahora es cuando se impone no olvidarlo. No olvidar que este es el país que le rió las gracias a Jesús Gil hasta el instante mismo en que le dio por apartarse a una tumba. No olvidar que aquella legión de esperpentos engominados que, hasta hace un rato, se arrodillaba a orar ante el altar laico de Mario Conde, tampoco era australiana ni indonesia, sino bien castiza. Lo sabemos todos, aquí, lo mismo se le tocan las palmas al Julián de la Pantoja que se ofrenda la administración del Estado a una pandilla de cleptómanos confesos durante trece años seguidos. Pero ahora es cuando estamos obligados a no olvidarlo.

Porque, hoy, en los espejos cóncavos del callejón del Gato, no sólo se reflejará la imagen grotesca de la Rubia del PSOE, de ese señor Roca con cisterna de oro, y de la gorda de la liposucción; la moral civil de una vieja nación en proceso de descomposición también habrá de emerger proyectada anta nuestra vista desde sus cristales. Pícaros, buscavidas, inútiles, ventajistas, mediocres y zascandiles pujando por un lugar al sol, los hay en todas partes. Pero, en los países sanos, es la propia sociedad quien genera los anticuerpos que les impiden llegar al poder jamás. Aquí, no. Al contrario, aquí lo que gusta es la juerga, y se encomienda la cosa pública al que resulte más salao ejecutando el salto de la rana; a ser posible, sobre el vacío, que tiene más gracia. Y hoy estamos obligados a recordarlo.
A continuación