Clases de Islam

Mahoma en el Pirulí

José García Domínguez
Los medios de comunicación públicos habrán de hacer un esfuerzo para que el mensaje Alá llegue a todos los hogares españoles a través de la voz de su profeta, Mahoma. Lo propone nuestro bronceado ministro de Justicia, que está decidido a remover todos los obstáculos que hasta ahora nos impedían tener acceso directo a la palabra del dios de los beduinos. Los medios de comunicación públicos -y muchos privados- ya trabajaban con entusiasmo para, por ejemplo, crear el estado de opinión entre la canalla que haga posible cualquier día un progrom con los judíos en España. Pero, por lo visto, su esforzada labor de convertir Los protocolos de los sabios de Sión en guía didáctica para explicar a las audiencias la realidad del mundo árabe es insuficiente. Por supuesto, los canales estatales continuarán denunciando la conspiración del capital hebreo que, ya se sabe, controla todas las multinacionales y la banca. Naturalmente, velarán asimismo por impedir que las voces ladinas de los hijos de la Cábala contaminen a los nuestros con sus arteras argucias. Con todo, no basta. Al ministro de Rodríguez ese cotidiano empeño militante le sabe a poco. De ahí su nuevo proyecto.
 
Y es que el acuerdo sobre problema judío sólo es una entre las muchas coincidencias que hermanan la causa islamista con la de los progresistas hispanos. Desaparecida la Unión Soviética, Alá es el único enemigo solvente que se enfrenta al poder satánico del liberalismo que representa América. Porque el Misericordioso no sólo es grande, también es anticapitalista y antioccidental. O sea, como uno de los suyos pero sin güisquis de marca ni retratos oficiales. Son esas credenciales las que le abren el paso a los expositores de “las opciones tan legítimas como cualquier otra” en el gran supermercado del pensamiento fláccido que regenta ZP.
 
Ocurre, sin embargo, que el Islam no es una religión más, entre las que se practican en nuestro país. Porque a diferencia del panteísmo bucólico que profesa Rodríguez no lo anima “un ansia infinita de paz y amor”, sino la voluntad de imponer la sharia a todos los infieles, de grado o a la fuerza. Y es ése un afán más infinito aún que el sentimentalismo kitsch de quien ha hecho ministro a Pérez Rubalcaba. Porque la palabra de Alá no sólo no es una opción, sino que ha sido dictada para toda la humanidad, incluidas las plañideras posmodernas de la provincia de León.
 
Se equivocan gravemente los que se empeñan en repetir que somos herederos de la Ilustración, frente a la evidencia de que tantos están dispuestos a repudiarla a cambio de una hamaca en primera línea de playa. De todos modos, yerran más los que describen al islamismo militante que ya habita en nuestras ciudades como un movimiento nihilista y suicida. Por el contrario, son los únicos que creen en su propia causa y en su civilización. La alegre marcha hacia el suicidio colectivo no la han iniciado ellos sino nosotros, eso sí con el bronceador en una mano y el mando a distancia de la tele en la otra.
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