Madrid será la tumba del centrismo

José García Domínguez

Sé bien que el mundo de la opinión política y el de la realidad pertenecen a universos paralelos y separados por una distancia de varios millones de años luz, de ahí que no entren en contacto casi nunca. Pero, aunque solo sea por llevar la contraria, a mí me gusta bajar al plano de lo tangible de vez en cuando. Hoy, sin ir más lejos. Y es que allí, en el ámbito de lo existente, suelen pasar cosas curiosas. Por ejemplo, el lugar común del juicio políticamente respetable ordena repetir siempre que el centro remite a un posicionamiento ideológico que se quiere equidistante de los extremos. Pero después irrumpe, siempre tan despreciada, la realidad. Y en la realidad madrileña acaban de ocurrir dos fenómenos bien singulares al mismo tiempo. Por un lado, el partido de la derecha convencional, el PP, ha barrido en las urnas tras adoptar su perfil más alegre y desacomplejadamente derechista. Por otro, el partido que se decía centrista acaba de diluirse, pero no en la nada sino en las filas de los alegres derechistas sin complejos.

Cuanto más y más hacia la derecha se iba desplazando el PP de Ayuso, más y más antiguos votantes de Ciudadanos iban cambiando de barco. Algo, esa irrefutable constatación experimental, que impugna de plano la manida tontería canónica del centrismo y la equidistancia. Ocurre, simplemente, que la premisa mayor de ese prejuicio era falsa. Ciudadanos acaba de morir como proyecto político nacional, y no con demasiada dignidad, porque el grueso de su electorado se caracterizaba por un rasgo distintivo que, en puridad, forma parte de las señas de identidad profundas del Partido Popular. Me refiero a la concepción esencialmente tecnocrática de la política, esa mentalidad, tan común entre las clases medias tradicionales, que identifica política con gestión, gestión entendida a su vez como conocimiento gerencial especializado. No es casualidad que Arrimadas, en cuanto pudo quitarse de encima a los históricos, pusiera de número dos a un abogado del Estado. Pero es que, en España, eso resulta que lo ha encarnado toda la vida el PP. Y lo sigue encarnando. Como rezaba el epitafio célebre de Oscal Wilde, Ciudadanos muere como había vivido: por encima de sus posibilidades.

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