Japón

Madogiwazoku

José García Domínguez

Madogiwazoku es una palabra japonesa cuya traducción vendría a ser algo así como la multitud que mira por la ventana. Allí la utilizan para designar a los raros, a los individualistas, a los disidentes. Los llaman de ese modo porque los jefes siempre suelen asignarles las mesas de trabajo que están más alejadas del centro, ésas que quedan al lado de las grandes cristaleras exteriores de los edificios de oficinas. Aunque cada vez son más los madogiwazoku que han comenzado a contemplar la vida desde el otro lado de las vidrieras, en la calle. En particular, tras la grande bouffe de la banca, cuando reventó el sistema financiero local justo después de que el solar que ocupa Palacio Imperial de Tokio superara el precio de todo el suelo urbano de California.

Estrago primero de una demencia colectiva que, casi dos décadas después, aún mantiene al país entero en la UVI, sometido día y noche a la respiración asistida del endeudamiento estatal. Y arrostrando un desempleo fáctico que tal vez doble ese edulcorado 5,7% que luce en las estadísticas oficiales. Por lo demás, y en otro orden de perplejidades, quizá no fuese casualidad que el declive japonés coincidiera con la caída del Muro de Berlín. Una elite de burócratas con poder omnímodo para planificar hasta el último rincón de la economía; ese pacto fáustico que garantizaba a la población seguridad casi absoluta a cambio de un conformismo siempre en el linde de lo servil; una nomenklatura dirigente inamovible, pétrea, amamantada por un partido de gobierno que jamás había abandonado el poder desde el final de la Segunda Guerra Mundial...

Acaso no anduviesen tan lejos de la verdad los que sostenían que, en realidad, Japón fue el único lugar del planeta donde el comunismo tuvo éxito en la práctica. Sin embargo, hace mucho tiempo que el socialismo real reposa en el pudridero de la Historia, mientras Japón se arrastra por una recesión interminable que los aturdidos compañeros de viaje de la quimera planificadora , sus rendidos admiradores occidentales, perplejos, no aciertan a entender. En fin, ya lo dejó escrito en su día lord Keynes: "La cosa más difícil del mundo no es que las personas acepten las ideas nuevas, sino hacerles olvidar las viejas". Ésas que los madogiwazoku nunca consiguieron interiorizar.

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