Elecciones gallegas

Los seniles, los carcamales y Fraga

José García Domínguez
Aunque de entrada no lo parezca, Don Manuel es el benjamín de cuantos candidatos se postulan en estas elecciones gallegas. Nadie lo dude. Es más, si en el Universo mundo hubiese una sola verdad que fuera objetiva, a fuer de evidente, falsable en los exigentes términos que impone la epistemología popperiana y, en consecuencia, indubitada e irrebatible, ésa sería. Dicen de Fraga que anda en los ochenta y pocos. Pues, lo dicho, he ahí un chavalete del Preu de antes, si bien se le compara con el dinosaurio Touriño o con el otro neandertal de la barbita.
 
Y es que todo lo que Don Manuel tiene delante (y la mitad de lo que arrastra detrás) viene de la quinta del diecinueve. Porque los Cien Mil Hijos de Marx y Freud que ahora pisan moqueta en España, son aquellos siameses del parto múltiple que se produjo un 29 de mayo de 1919; justo a las 10,30 de la mañana por más señas. ¿Acaso ignoraba el lector la fecha exacta del cumpleaños de Zetapé? Ahí la tiene. ¿Desconocía la complicidad generacional que une a Carmen Calvo con su colega, el Matusalén de Plutón? Pues ya no. ¿Imaginaba a Pepiño Blanco aterrizando en este valle de lágrimas, más o menos, allá por los tiempos de la definitiva implantación de la EGB? Craso error, amigo. Nada, también lo parieron en el diecinueve. Como al resto.
 
Resulta que desde finales del siglo XIX, el ministro de Cultura de Mercurio venía remitiendo unos informes cada vez más alarmantes a la UNESCO. Denunciaba en ellos que se estaba detectando cierta anomalía –según pesquisas oficiales, provocada por el PP– en la órbita de su planeta con relación a lo previsto por las leyes de Newton. En concreto, alertaba de que un tal Acebes habría forzado una desviación de unos 43 segundos con respecto al arco prescrito por la Ciencia. Total, que se creó una comisión de investigación. Y en tal fecha como la señalada, se harían públicas las conclusiones. Fue así como quedo esclarecido el gran golpe de Estado sideral del siglo XX. El individuo antes citado, con el concurso necesario de cierto Zaplana, habría conspirado contra el tiempo absoluto de Galileo, violentado la geometría lineal de Euclides y arrasado todas y cada una de las leyes de la dinámica celeste. En síntesis, eso sería lo acreditado entonces. A pesar de lo cual, un periódico madrileño, escoltado por cierta emisora de radio, aún se empeñaría en atribuir la autoría intelectual de aquella conjura cósmica a un tercero, un oscuro sujeto que respondía por Einstein.
 
Bien, pues la partida de nacimiento de la santa compaña de la modernidad que hoy no para de doblar las campanas por Fraga, nos remite a aquella lejana fecha. Aquel día nacieron esos carcamales pata negra, los caducados entre los obsoletos. Porque justo desde las 10,30 de la mañanita de marras empezarían a confundir la relatividad con el relativismo. Ahí se data el instante germinal de un arrebato colectivo de súbita demencia senil. Ése que les dio al abrazar a la vez la superstición de que ya no existían absolutos. Ni de tiempo y espacio, ni de bien y mal, ni de saber e ignorar, ni, sobre todo, de orden moral y valor cívico. Nada menos que ochenta y seis abriles arrastra el abuelo Touriño. He ahí la genuina senectud. La fetén.
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