Reforma electoral

Los satisfechos

José García Domínguez

"El problema de la clase dirigente americana era que creía lo que leía en los periódicos", cuenta Paul Johnson en Tiempos modernos a propósito del desastre de Vietnam. Un rapto de candidez que vino a coincidir con aquella densa niebla de marihuana que emergía de los campus universitarios donde sus hijos jugaban a la revolución, la misma humareda que les tapó por un instante el paisaje del país real. Lo narra Johnson en un capítulo que lleva por título El intento de suicidio de Estados Unidos. Y bien haría en leerlo nuestro establishment doméstico antes de prestar algún crédito a todas esas niñerías de asamblea de facultad que aquí postulan los del 15-M.

Como la cantinela, tan cara a cierto papanatismo mediático, que pretende dar con la solución a las carencias de la democracia en una radical, absoluta transformación del régimen electoral.

Algo, por lo demás, que obedece a una tradición muy castiza, ésa de inventar continuamente la sopa de ajo. Al punto de que los revoltosos presumen que un modelo proporcional más puro, a imagen del que encumbró a Berlusconi, nos llevaría al Nirvana de la representatividad. Como si el propio ejemplo italiano –o el francés de la Cuarta República– con sus caóticos gobiernos-menestra de siglas, eternamente en el filo de la navaja parlamentaria, no fuese el mayor estímulo para eludirlo. Algún alma caritativa debería explicarles, además, que, allá por 1996, Izquierda Unida llegó a disponer de 21 diputados en el Congreso, y con la norma vigente. Porque, a fin de cuentas, el "problema" no es la ley D’Hondt, sino la ley del rebaño.

Pues, contra lo que suponen los indignados, la fidelidad de los satisfechos al PP y al PSOE es lo que fuerza, mucho más que la Ley Electoral, el cuasi bipartidismo estructural en las Cortes. Y otro tanto cabe decir, por cierto, de los nacionalistas. Al respecto, es simplemente falso que estén sobrerrepresentados. Guste o no, CiU y PNV dispondrían de idéntica proporción de escaños con cualquier otro sistema. Así las cosas, mientras los satisfechos sigan avalando con su sufragio a la partitocracia reinante, ristras de imputados incluidas, nada habrá que esperar. Salvo, claro, que alguna cabeza rectora se atreviese con una misión que la calle ni sabe ni puede ni debe dirigir.

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