Los Pactos de la Moncloa 2.1

José García Domínguez

La inflación no es de derechas ni de izquierdas. La inflación, cuando se desboca, solo es una desgracia colectiva que no entiende de colores políticos. De ninguno. Y la ineficiencia –léase productividad anémica– tampoco es conservadora, liberal o socialdemócrata. La ineficiencia –léase modelo productivo español– solo es otra desgracia ecuménica que tampoco sabe discriminar entre diestra, siniestra y mediopensionistas. Cuando, allá por los inicios primeros de la Transición, los precios españoles comenzaron a galopar como un caballo loco, unos políticos profesionales que venían de servir al dictador recién difunto, y otros políticos, los improvisados que venían de sufrir al difunto y a sus servidores, supieron ponerse de acuerdo. Y supieron hacerlo porque la amenaza cierta de la hiperinflación no era ni franquista ni antifranquita. La hiperinflación en ciernes era una hipoteca para el futuro inmediato de todos lo españoles, empresarios o asalariados, pudientes o modestos, reaccionarios o progresistas.

Los Pactos de la Moncloa fueron, por encima de cualquier consideración adicional, una toma de conciencia colectiva en torno a la obviedad de que todos los españoles íbamos en el mismo barco. Y pese a la afición por la bilis rifeña y el odio cainita que no tardaríamos en recuperar tras aquel paréntesis, el del denostado consenso, los españoles, todos, socialistas y populares, ciudadanos y podemitas, nacionalistas y anacionalistas, seguimos yendo en el mismo barco. Aquí, es sabido, siempre hay que andar subrayando lo obvio. Los Pactos de la Moncloa fueron un ejercicio de lucidez transversal donde no desempeñó un papel menor el Partido Comunista, todavía recién legalizado entre la ira de una extrema derecha con notable peso, recuérdese, en el seno del Ejército. Aquellos comunistas apenas salidos de las catacumbas supieron subordinar su estrategia partidaria al que por aquel entonces era el interés general del país. Y se puede decir que lo hicieron con patriotismo, anteponiendo las necesidades de España a las de sus propias siglas.

Tantos años después, la situación no se repite, pero se parece. Más allá de legítimas disputas sobre el contenido efectivo que han de tener conceptos como el de equidad o el de justicia distributiva, el país, todo él, arrostra una disfunción estructural que tampoco sabe de disputas doctrinales. El modelo productivo español, nuestra creciente especialización en la mediocridad, simplemente, es un desastre. Podemos debatir sobre quién ha de cargar con más o menos impuestos. O a propósito de si procede más o menos déficit público. Y de tantas otras cosas. Pero que la actual orientación productiva del país nos aboca a la marginalidad, eso es indiscutible. La conciencia de que España no puede aceptar de grado un destino que la aboca a convertirse en una nación de camareros mileuristas, eso tiene que unirnos a todos. Gobierne quien gobierne, pacte quien pacte, tenga ministros quien tenga ministros, permanezca en la oposición quien permanezca en la oposición, populares y socialistas, podemitas y ciudadanos están obligados a entenderse en lo que concierne a esa premisa mayor de nuestro futuro como país. Si entonces, con las últimas brasas de una sanguinaria guerra incivil aún centelleantes, fue posible, ahora también tiene que ser posible. Y por lo mismo: por patriotismo.

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