Aniversario

Los gamberros del PP

José García Domínguez

Contra lo que barrunta la iconoclasta Cospedal, la verdad es la verdad, la diga Agamenón o Patxi López. Y es que no hay excusa, justificación, coartada ni niño muerto que valga. La deserción de los presidentes autonómicos del PP en el homenaje a la Constitución ha constituido un acto de estricto gamberrismo institucional; una grosería incivil que aún invita a mayor sonrojo por el obvio contraste con la actitud de José Montilla y del lehendakari. Igual que si se hubieran conchabado para darle la razón al adagio del doctor Samuel Johnson, el impudor con que esos ociosos diletantes han abdicado de su obligación –ante la urgencia de esquiar en Baqueira– deja entrever su más íntima concepción del servicio público llamado política.

He ahí, por cierto, el genuino hecho diferencial celtíbero. ¿O acaso cabe en cabeza alguna un gobernante francés ausentándose de la fiesta del 14 de Julio porque su excelencia se ha cogido puente? Entre nosotros, sin embargo, el campaneo, las pellas que dicen en Madrid, se antoja lo más natural del mundo, apenas un casticismo venial. Así, al modo y manera de cualquier jefe de sala de bingo o dependiente de planta en El Corte Inglés, la máxima autoridad del Estado en la comunidad autónoma de turno suele percibirse a sí misma como un empleado por cuenta ajena.

Ante nosotros, pues, un asalariado que no perdona los sagrados derechos laborales recogidos en el convenio colectivo que previamente ha pactado con su pereza: jornada de despacho hasta las cinco como muy tardar, vacaciones de treinta días en verano, las preceptivas de los escolares por Navidad, fines de semana y festivos innegociables, los moscosos de rigor, acueductos cuantos procediere... Y si no, intente el lector concertar cita con cualquier alto cargo, un viernes, más allá de las doce del mediodía. Comprobará, perplejo quizá, que el Vuelva usted mañana de Larra no ha perdido un ápice de actualidad.

En fin, para qué recordar que en un país de tradición montaraz, como éste, la política debiera ser, por encima de cualquier consideración, pedagogía. Un empeño civilizador para el que resulta imprescindible el respeto a las liturgias cívicas de la democracia, como ésa contra la que acaban de lanzar su coz los caudillitos domésticos del PP. Y por pura desidia, que es lo peor.
A continuación