Los falsos mitos islamistas

José García Domínguez

Entre ese muy nutrido arsenal de lugares comunes al que por norma se recurre cada vez que hay otro atentado islamista en Europa destaca el tópico mil veces repetido de que el Estado Islámico, lo mismo que antes Al Qaeda, supone un retroceso a la Edad Media. Y sin embargo nada más lejos de la verdad. Bien al contrario, si por algo se caracteriza esa variante teocrática del terrorismo es por su absoluta, definitiva modernidad. Una modernidad que, por definición, remite su origen al Occidente contemporáneo, no a tradiciones culturales arcaicas propias de Oriente. Ben Laden o Zarqaui eran hermanos gemelos de Lenin, de Pol Pot y del camarada Abimael Guzman, el líder de Sendero Luminoso, no de ningún olvidado califa mahometano del Medioevo.

John Gray, sin duda el pensador más lúcido que nos queda en Europa, trató del asunto en un pequeño librito, Al Qaeda y qué significa ser moderno, que muchos deberían leer estos días. Y es que, nos guste o no, las raíces intelectuales del islamismo radical se encuentran en Europa. ¿O acaso existe algo más genuinamente occidental y europeo que el rechazo de la razón, repudio que da forma a una parte inextricable de nuestra alta cultura desde los tiempos de la Contrailustración? La vanguardia –otro concepto específicamente europeo– del islamismo está mucho más cerca de Nietszche, por ejemplo, que de cualquier teólogo mahometano de hace varios siglos. Por lo demás, las formas privatizadas de violencia que caracterizan a esas corrientes fundamentalistas, simplemente, eran desconocidas en el marco medieval. Como ajeno a cualquier cosmovisión arcaica es el afán por el impacto espectacular de los atentados en que se enmarcan los crímenes del ISIS.

Los islamistas no solo viven por y para la imagen televisada, de ahí el crescendo sanguinario de sus atrocidades, sino que también participan de la misma mentalidad estratégica que los extremistas occidentales de todo pelaje. Desde los nihilistas rusos del XIX hasta las Brigadas Rojas en Italia o la Baader-Meinhof alemana, la creencia de que es posible alumbrar un orden nuevo sobre las cenizas de la civilización conocida, todo merced a actos de destrucción icónicos, retrata al maximalista político en Occidente. Nada de eso se encuentra en las tradiciones políticas del mundo musulmán. Desengañémonos, la violencia milenaria del islam más radical no es fruto, tal como insiste Grey, de ningún choque de civilizaciones. ¿Oscuras rémoras medievales? Al revés, son nuestros definitivos contemporáneos.    

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